sábado, mayo 05, 2007

Y el cine olía de pronto a ajo


Estuve hojeando y leyendo parte de las viñetas de El sabor de Cuba (Tusquets, 2002), de René Vázquez Díaz. Me enteré que este escritor cubano y villaclareño, quien vive desde más de 40 años en Suecia, es todo un apasionado por la cocina. Descubrí además que, antes de adquirir notoriedad literaria, trabajó durante un tiempo como chef en un hotel de Malmö.


A este libro tendré que volver por razones académicas, pues me interesa el papel que juega la comida como elemento de la identidad cubana. Las abundantes referencias a la familia de Vázquez Díaz, me han puesto a pensar en las historias que cada uno tiene, donde los alimentos se vuelven verdaderos protagonistas. Resulta que en ocasiones, la memoria de un acontecimiento personal no aparece de manera visual, sino que primero lo hace a través de olores, o sabores. Entonces es posible que, parafraseando a García Márquez, Abbas Kiarostami o Anh Hung Tran, sea más fácil acordarse del aroma de una fruta que comimos cuando puede que estábamos a punto de tomar decisiones trascendentales, que de la decisión en sí.

El cine, con sus imágenes, contribuye a que se recuerde mejor cierto sabor, o la importancia de determinada comida en nuestra existencia. Cuando vi El olor de la papaya verde, por ejemplo, me quedó la duda de a qué sabrían aquellas hebras blancas de la masa carnosa de la fruta bomba, cortadas con paciencia y destreza orientales, que luego se servían a manera de ensalada.
En mi caso, provengo de una familia que no se caracterizaba por la intransigencia culinaria de algunos cubanos, los que si falta en la mesa el obligatorio plato de arroz y frijoles, lo toman como señal de que el mundo está por acabarse. Las cocinas de las casas donde viví siempre fueron pequeñas, con poca capacidad para maniobrar, pero verdaderos laboratorios para experimentar con salsas y especias.

Eso sí, mis padres tenían bien claro dónde quedaban los límites. Durante el Período Especial, cuando ciertas plantas adquirieron sorpresivas potencialidades alimenticias, en casa no pasamos de ensayar la llamada pizza de yuca o la compota de plátano burro. Las demás “recetas” de la época fueron desdeñadas con un ¡Jesús!, dicho por mi madre y rematado con un ¡dónde se ha visto!, en voz de mi abuela.

Lo curioso es que las invenciones culinarias de los 90 sólo pudieron verse en el ambiente hogareño o escucharse en las ondas invisibles de Radio Bemba. Hacía años que Nitza Villapol envejecía alejada de la televisión nacional y la producción cinematográfica era tan escasa que no alcanzaba ni para mostrar qué comían los cubanos.

En aquel tiempo de alimentos escasos y recetas tremebundas, comenzamos a ir al cine, sobre todo a la Cinemateca en La Rampa, con asiduidad religiosa. A excepción de algún que otro concierto perdido y ante la poco atractiva oferta de los programas televisivos, la visita al cine era además de la más barata y asequible oportunidad para entretenernos, una experiencia educativa. No se enseñaba lo suficiente en la Universidad de La Habana, digo yo.

Cualquiera sabe por qué razones o caprichos del azar, según Serrat, durante el Período Especial se programaron ciclos excelentes de películas. “En saludo” al centenario del cine se proyectaron los cien mejores filmes de la historia, según una encuesta que situaba a El ciudadano Kane, El Acorazado Potemkin y Napoleón, entre los primeros diez. Luego se hicieron habituales los dedicados a grandes cineastas de los 60 y 70 (Antonioni, Truffaut, Altman, Kubrick, Ettore Scola y Claude Chabrol), a los cuales también íbamos con entusiasmo, pero nunca sin apetito.

Siempre he detestado a los conversadores en el cine, no sé si por una herencia familiar o gracias a la educación primaria de los 70 centrada en la disciplina. Aún hoy cuando la sala se oscurece y ruedan los créditos de apertura, se activa en mí un mecanismo de concentración que sólo disminuye si ocurren a mi alrededor demasiados incidentes sonoros.

Para ir a La Rampa siempre partíamos en pandilla. En dependencia de cuán interesante sonara la sinopsis del programa, o inminente fuera la entrega de un trabajo de clase, el grupo de cinéfilos se agrandaba o reducía. Ya sentados, seguíamos silenciosos el desarrollo de la trama. La paz se rompía cuando llegaba algún momento del filme que hacía referencia a vivencias cotidianas y alguien se veía obligado a soltar un chiste. Quiero recordar que pese al posible escándalo, procurábamos no llamar la atención. De todas formas, el público nunca era numeroso, así que por mucha risa que provocara la ocurrencia, pocas veces molestaba a los espectadores, situados quizá a la distancia de cinco o diez filas de butacas.

Sin embargo, cuando se ambientaban en el celuloide banquetes y cenas desbordadas, coloridas y apetitosas, nuestra tranquilidad desaparecía por completo. Viendo aquellas comilonas filmadas en los escenarios dieciochescos de un Barry Lyndon, o de una Noche de Varennes, o hasta más modernos como en Amarcord, o lastimosamente rústicos como en El regreso de Martín Guerre, teníamos la impresión de que las glándulas salivales perderían sus inexistentes válvulas de contención y nos dejarían a un paso de transformarnos en el perro de Pavlov, o en toda la perrera.

Bastaban frases como “¡mira para eso!”, “¡no es justo!” o “¡abusadores!”, para que la apreciación cinematográfica bajara a niveles mínimos y la posibilidad de soñar con semejantes bacanales, se instalara en nuestras mentes con preeminencia mortal. Por suerte las escenas pasaban rápido, lo que liberaba de culpa a los realizadores, ¿acaso eran responsables ellos de haber filmado en los 70 largometrajes que se verían en el contexto específico de una Cuba desamparada, desolada y hambrienta, dos décadas más tarde?

En 1991 Humberto Solás estrenó su versión de El siglo de las luces. En la cartelera del Festival de Cine de ese diciembre, la película tenía visos de superproducción, al menos para los austeros ideales de presupuesto que tendrían por aquel entonces los directivos del ICAIC. Fuimos a verla en el Cine Yara, que por tradición era uno de los focos del evento. Todo iba bien hasta que la cámara se detuvo en un mercado de plaza, ¿o era un almacén? En pantalla comenzaron a distinguirse los contornos de unas colosales ristras de ajo. Puede que fueran de atrezzo, lo cierto es que tras de la primera exclamación de sorpresa, la voz de “¡ajo!” corrió de un extremo a otro de la sala, y precedió a una carcajada relativamente general.

El hecho se me asemejaba a los puntos luminosos de la pantalla de un radar, en una sala de control de vuelos. Las intermitencias que indican la proximidad o alejamiento de un aparato aéreo ilustraban muy bien la manera en la que la palabra ajo se propagó por el cine. Hasta creo que, debido a la intensidad, alguien consiguió, a una velocidad tremenda y tal vez con un poquito de angustia, encontrar en su memoria el casi olvidado aroma del ajo. Aunque cueste creerlo, ese tan esencial condimento de la cocina cubana también escaseaba por aquellos años.

Los cines en Londres huelen a rositas de maíz, a gaseosas, a chocolatinas y, por la cantidad de basura que dejan los espectadores cuando termina la película, es mejor no deterse a examinar cuán aromatizada está la sala. De todos modos, no hay que abstraerse, los olores son "físicos", no imaginarios como en la sesión del Yara del 91. Y eso que cine no olía a ajo, sino a maní (¿tostao y garapiñao?). Los cucuruchos iniciaban su reinado como accesorio indispensable del certámen habanero. Hoy son tan identificables con el Festival de Cine, como el tema musical Desde la aldea, de José María Vitier, una melodía que siempre antecede a cada proyección en concurso y que también, evocadoramente, puede llenarnos la memoria de olores y sabores.

4 comentarios:

Juana la loca dijo...

Iván, durante el período especial -que aún no termina- en mi casa en Cuba nos abstuvimos, como en la tuya, de comer esos inventos que proliferaron a principios de los 90. Mi padre se las ingeniaba siempre para traer una jutía, un conejo, unos pescados o unos camarones de río. Hubo incluso alguna que otra vaquita sacrificada a escondidas. Y también carneros. Pero recuerdo un día, sentados todos en el portal de atrás de mi hoy ex casa -decomisada por el gobierno revolucionario- mi madre nos miró a mi hermana y a mí, pensando en qué cocinar esa tarde. Y de repente, mirando hacia el rosal que tenía ella en el patio, nos dijo: "Traíganme un par de bisteces de la mata de rosa". Y es que por entonces, había salido un programa de televisión donde alababan los nutrientes de algunas flores! El chiste suena mejor dicho que escrito. Pero mi hermana y yo nos reímos como locas con la ocurrencia de mi madre. Y todavía ese cuento trae sonrisas cuando lo hago. En fin, besos y cuídate. Ya acabo el semestre. Perdona que no contesté tu email, he estado ocupada. Pero te contesto en breve. Besos más. Damaris

ivandarx dijo...

Damaris:

En Santa Clara, en la antigua "Parrillada" del parque Arco Iris, luego convertida en Restaurante Vegetariano, servían ensalada de pétalos de marpacífico. No era un plato muy popular. En uno de aquellos programas de Isa Dobles, que pillé una vez, pues se trasmitían los domingos y dio la casualidad que ese día estaba en casa, no en la beca donde los televisores escaceaban. La venezolana invitó a un chef cubano a hacer una tortilla con pétalos de flores de cierta planta costera y luego de probarla dijo algo en cámara: delicioso, o qué sabroso, en fin, lo que se esperaba. Te imaginarás los comentarios en la sala de mi casa.

JOSÉ TADEO TÁPANES ZERQUERA dijo...

Hola Iván:
Sabes, guardo un recuerdo bastante nítido de varios de los cines que visité a lo largo de mi vida en Cuba. Tengo un recuerdo muy nítido de los cines Yara, Riviera, Payret, el que está detrás del hotel Plaza, que he olvidado su nombre, del Acapulco, también del cine de Santa Clara (Camilo Cienfuegos?) También de los cines de Trinidad, del Cine de Cruces, de los cines de Matánzas. Había un cine en Santa Clara por allá por el Capiro?
Y entre todos esos cines había uno al que le podría escribir un artículo: el cine de la vocacional.
A ver si nos cuentas algunas de tus experiencias en ese cine tan nuestro.
Sobre la música de José María Vitier, (Desde la aldea) me entero contigo que se llama así esta pieza. Me gusta mucho, y siempre que la escucho me acuerdo de mi amigo Vladimir de la Torre que nos decía en broma que en la puerta del Yara, al sonar esa melodía, una persona empezó a convulcionar y se quedó poseído, es decir, se montó con un espíritu, y cuando lo hicieron hablar, resultó ser que se trataba del espíritu de un cineasta ya fallecido. Nada, que nos divertíamos con estas ocurrencias propias de las residencias estudiantiles de las universidades habaneras.
Con respecto a la versión de Humberto Solás, de El siglo de las luces, nunca olvidaré que me fui a verla a escondidas con una amiga, salimos de aquellas tres horas de película, y al encontrarnos con el novio de mi amiga, nos invitó al cine, y como no podíamos decirle que acabábamos de verla, tuvimos que disparárnosla de nuevo, otras tres horas. Mi amiga y yo nos mirábamos en medio de la oscuridad del cine y nos reíamos. Un abrazo:
Tadeo

Félix Hangelini dijo...

Iván, no sabía que tuvieras blog!!! Lo leeré pacientemente. De momento, me ha gustado mucho esta entrada.
Cuando puedas y quieras revisa el mío, no está tan actualizado pero de vez en cuando me acuerdo de que existe.
http://felixhangelini.wordpress.com
Un abrazo de tu primer editor!!!!! ;)