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jueves, mayo 26, 2016

Elecciones presidenciales en Austria: 48 horas en vilo.

(c)Der Standard.at
Austria tiene un nuevo presidente, Alexander Van der Bellen, un economista de 72 años, exprofesor universitario, un candidato independiente que se presentó a las votaciones con el apoyo del Partido Verde. Su ascenso al cargo en el histórico Palacio Imperial de Hofburg pasará a las historia como el colofón de unas elecciones que han removido la política local y puesto al país centroeuropeo en el centro de las inquietudes de quienes temen a los extremismos de derecha.

La convocatoria a las presidenciales programada para abril 2016 no pudo haber llegado en un momento más conflictivo, en un mundo globalizado donde temas como el islamismo radical, la crisis económica y el auge de la agrupaciones populistas de ambos extremos del espectro político marcan el panorama en varias regiones. Esta pequeña nación de 8 millones de habitantes, cuna de antiguos imperios, había visto afectada su parsimonia habitual en el verano del 2015, con el paso de decenas de refugiados procedentes de Siria y otras áreas de conflicto.

La conmoción, unida a la lentitud mostrada por la coalición de partidos en el gobierno, fue hábilmente aprovechada por el llamado Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) para montar una campaña que llevó a su candidato a la presidencia a encabezar la primera vuelta de las elecciones con el 35 % de los votos. Tras él quedó el actual presidente electo, luego otra independiente, la jueza Irmgard Griss, y detrás de esta, sin ninguna esperanza ya de continuar aspirando al cargo, los representantes de los partidos de la actual coalición, los mismos que han dominado la política austríaca durante los últimos cincuenta años.

Aupado por su posición líder, Norbert Hofer, el autodenominado rostro más amable de la formación ultraderechista del FPÖ, se situó entonces a la cabeza de las encuestas para la segunda ronda. Ante la posibilidad de que alcanzara finalmente el triunfo y ganara, según estipula la constitución, el derecho a disolver el Consejo Nacional del Parlamento, los medios internacionales y gran parte de las instituciones europeas comenzaron a desesperarse.

No menos intranquilos quedaron los habitantes de Austria, y el gran por ciento de oponentes a las políticas patrioteras, visiblemente antieuropeas y xenófobas del FPÖ y, por supuesto, la gran cantidad de extranjeros que vivimos de manera legal en este país. Aunque es bueno aclarar que el extremismo tiene un gran número de simpatizantes entre los no nacidos en Austria y entre quienes proceden del antiguo campo socialista, a juzgar por los innumerables comentarios de apoyo dejados en las redes sociales.
FPÖ en campaña: Tu patria te necesita ahora.
En medio de semejante contexto llegó el día de la esperada segunda vuelta electoral, en un domingo de temperaturas agradables a pesar de lo fría que en términos generales ha sido esta primavera. A las pocas horas de cerrados los colegios, cuando aparecieron los primeros resultados, más de un analista debe haberse sorprendido con la manera tan pareja con la que ambos candidatos habían ido acumulando votos. La noche terminó en empate y la decisión del ganador solo se conocería al día siguiente.

Ese, el pasado lunes, se tornó en una tarde angustiosa a la espera del vencedor. Algunas predicciones aseguraban incluso que Hofer adelantaba a su contrincante por más de un 1 % desde la jornada anterior. Por esa razón los seguidores del partido de ultraderecha, ataviados con los ubicuos Dirndl y Lederhosen (trajes típicos de Austria), habían decidido celebrar la victoria al final del domingo, aunque aún faltaban por contarse los votos enviados por correo postal.

Los comentaristas señalaron que muchos votantes, tradicionalmente a favor del Partido Conservador, habían optado por darle el voto al FPÖ para castigar así la inercia de sus representantes. Aunque no descarto a quienes actuaron de ese modo, creo que la votación refleja un problema que trasciende las fronteras de este país e impacta a más de una nación europea. Se trata de la poca confianza que la población muestra en sus políticos, lo que constituye la verdadera grieta en un sistema que, adaptado a la baja inestabilidad de antaño y a la bonanza de la economía de pasadas décadas, se afianzó en el poder y extendió sus instituciones y órganos ejecutivos como una estrategia que buscaba más el instinto de conservación que el impulso al desarrollo y el bienestar de sus ciudadanos.

Quizás uno de los momentos más peculiares de toda la espera fue la escasa cobertura mediática de los instantes previos al anuncio del resultado. En el canal 2 de la televisora pública  ÖRF estaba previsto un pase a palacio a las 3 de la tarde para conocer al vencedor. Sin embargo, cuando el reloj marcó esa hora no hubo ninguna interrupción de la señal que proyectaba la telenovela de turno, la alemana Wege zum Glück (Caminos a la felicidad). Minutos después, el vínculo activo del sitio web del periódico Der Standard, que supuestamente transmitiría en vivo el resultado de la suma de votos, dejaba de operar por problemas técnicos.

En pantalla apareció un circunspecto Tarek Leiter para confirmar que los resultados todavía demorarían al menos una hora más y se comunicó con el corresponsal que desde palacio tampoco aportó más detalles. Hacía varias horas que los usuarios, periodistas y comentaristas intercambiaban mensajes en las redes sociales, sobre todo en Twitter, donde lo mismo se compartían los últimos gráficos animados de las elecciones y el comportamiento de los votantes por regiones y ciudades, que se alertaba sobre la falta de rigor o falsedad de una determinada cuenta o usuario.

Otros aprovechaban la tensión para sacarle el lado más gracioso a toda la situación y la incertidumbre propia del suceso. En el ÖRF-2 los productores optaron por ofrecer más drama, esta vez con un capítulo de Weißblaue Geschichte (Historias blanquiazules) otra serie alemana de 1984 en la que la tranquilidad de unos aldeanos de Baviera, que también vestían atuendos típicos, la conmocionaba la llegada, nada más y nada menos que de un león. Ahí aprovecharon los twitteros para reafirmar con chistes lo absurdo de la situación y algunos hasta sugirieron teorías conspirativas que le otorgaban al león la presidencia.

Por fin llegaron los resultados aunque antes, tanto Hofer como el líder de su partido, Heinz-Christian Strache, habían anunciado la derrota en sus respectivas páginas de Facebook. Tal vez la frustración de haber perdido, el cambio brusco en el júbilo que había primado la tarde anterior, fue demasiado para los seguidores de ambos líderes, pues llenaron las redes sociales de mensajes amenazadores, al punto de que fue preciso un llamado a la calma por parte de las máximas autoridades del FPÖ.

Protesta contra el FPÖ antes de la segunda vuelta:
Ningún nazi en el Hofburg (c) TheGuardian
Así, enfurecidos y frustrados, han de permanecer al menos hasta el 2018, cuando se efectúen nuevamente las elecciones legislativas en Austria, quienes desean que el partido más xenófobo y provinciano de la nación rija los destinos de esta. Entonces elegirán al nuevo canciller y habrá que ver si el presidente recién electo cumplirá su palabra de que nunca aprobará a un Bundeskanzler del FPÖ, en el supuesto de que el hasta ahora aspirante Strache logre el triunfo que desde hace una década tanto anhela.

Tras los resultados, mi celebración fue muy simple. Salí a correr al parque donde suelo completar mis kilómetros de entrenamiento en el tranquilo y afluente barrio de Währing, al oeste de Viena. Es un distrito que no se caracteriza por la actividad, aunque tampoco le queda bien el calificativo de durmiente. Sin embargo, en las escenas de lo que parecía un lunes cualquiera, no distinguí ninguna señal de que mis vecinos acababan de salir de una elección tan reñida. En Währing los seguidores del FPÖ escasean, pues los votantes aquí, hasta las últimas elecciones, habían apoyado siempre a los conservadores del Partido Popular (ÖVP). Por eso a muchos sorprendió la elección de Silvia Nossek (Verdes) como jefa del gobierno distrital.

De todas formas, la aparente impasibilidad del barrio era quizás la mejor evidencia de que la gente da por sentado que disfrutará eternamente de los beneficios de una democracia, que el autoritarismo y la vuelta a un régimen fascista como el de que trajo la anexión en 1938 es prácticamente improbable. Quién sabe, tal vez en los años previos a aquel desastre, cuando Austria se lamentaba del imperio perdido y de su otrora papel relevante en la política y la cultura mundial, muchos pensaron también que un régimen como el Nazismo, con todas sus implicaciones, nunca llegaría a este país de lagos cristalinos y cumbres nevadas.