sábado, septiembre 11, 2021

9/11 Im Laufe der Zeit*

https://www.tagesspiegel.de/politik/verschwoerungstheorien-9-11-alles-luege/4569196.html

Supongo que desde siempre me hayan alertado sobre el paso del tiempo, sobre cómo a veces lo podría percibir aceleradamente o de manera lenta e imperceptible. Todavía tengo la impresión de que puedo reconocerme en instantes muy específicos de mi pasado, pero es una sensación muy volátil, pues me ocurre que me olvido de muchas cosas en estos tiempos o a esta edad. 

Hace veinte años del 11 de septiembre, tal vez el primer anuncio de que la visión personal que tenía del mundo se iba a hacer añicos, como las torres gemelas del World Trade Center. Por muchas circunstancias, recuerdo exactamente dónde estaba cuando todo ocurría, aunque la dimensión exacta del hecho no la empezaría a apreciar hasta muchas horas después.

Ese día llego a mi oficina del Periódico Vanguardia de Santa Clara, uno de los pocos puntos de la ciudad –y puede que del país– con acceso a Internet. He hecho una “actualización” del sitio web, revisado los emails y en minutos me llamarán para una reunión con un “experto” venido de La Habana. Es un año de muchos viajes y encuentros, me gusta decir que ando atareado en el diseño de una estrategia para la prensa digital en Cuba, (ya sé, la oficialista, la única que puede plantearse semejante proyecto), pero dicho así sería darle un orden, coherencia e importancia a aquellas sesiones que nunca los tuvieron.

La reunión con el experto habanero apenas puede comenzar tras el recibimiento y las palabras iniciales, ni siquiera llegamos a sentarnos en la oficina del director, ese lugar tan tedioso e impersonal que luego denominaré como la cámara de torturas; sin embargo, es septiembre de 2001 y aún me quedan unos gramos de optimismo. En mi mente todavía ronda el pensamiento de que pronto se cumplirán 14 meses de la muerte de mi madre, no tengo espacio para mucho más.

Justo antes de entrar, el experto ha recibido una llamada de la capital, de alguien probablemente encargado de un medio digital mil veces mejor equipado que el nuestro, en la que le han dicho que un avión ha impactado contra un edificio en Nueva York.

Volvemos entonces a mi oficina sin ventanas o con ellas, pero cubiertas por grandes cartulinas que alguien puso para justificar el uso de un aire acondicionado. Es una chapucería de las típicas de mi país, pero al menos el tapiado temporal ha servido para sostener el cartel de Sin Aliento, que mi amiga Adriana trajo de Londres y que nunca usó para decorar la casa que alquiló en La Habana. De modo que Belmondo, quien nos dejó hace unos días, y Jean Seberg han sido mis acompañantes durante los meses pasados y al menos lo seguirán siendo hasta inicios del 2004.

Me conecto. Es una actividad hoy casi olvidada, los ruidos característicos de la conexión vía módem. No creo que haya tenido una concurrencia tan nutrida como la de esa mañana y eso que el resto de los colegas del semanario no tienen la más mínima idea de que ha ocurrido algo tan tremendo. Voy a la página de la CNN, entonces una de los más populares a la hora de buscar información rápida. Colapsada. Nunca antes me ha ocurrido algo similar, es también la primera vez que podemos apreciarlo en tiempo real. Por un instante, como en el día de la visita de Juan Pablo II a Santa Clara en 1998, me siento una persona que vive “dentro” del mundo.

Cambio rápidamente a El País y aparece entonces una nota que intenta resumir lo poco que se sabe hasta ese momento. Se trata de una historia que se va a alargar durante ese día y los siguientes y que seguirá contándose, desentrañándose y hasta falseándose durante los próximos veinte años.

A pesar del shock inicial, de cierto sentimiento de tranquilidad al pretender saber qué ha ocurrido, las “actividades programadas” se retomaron. Nos reunimos y hasta tengo el recuerdo de que resultó una conversación algo productiva. Tal vez me engañaba pensando que era parte del aprendizaje, de las responsabilidades de un puesto nuevo. Al terminar y despedir al experto, algunos colegas comentaban la emisión del mediodía del noticiero televisivo. La historia ahora incluía dos aviones para aumentar nuestra curiosidad e ignorancia.

CNN seguía imposible, así que buscaba informaciones en otros medios. Surgían datos nuevos sobre el ataque, especulaciones. Por la tarde, noche en Europa, los amigos que vivían en esa parte del mundo se asomaban al Messenger de Hotmail para compartir lo que habían visto en los telediarios de sus países. Si alguna vez me había cuidado de que la ventanita del socorrido software no se mostrar en pantalla para no azuzar la inclinación perversa de algún visitante inesperado, ese día me tenía sin cuidado. Los acontecimientos, hubiera dicho como justificación y le habría echado toda la culpa posible a la noticia. “Aquí acusan a un tal Bin Laden” me aclaraba una amiga desde Lausana. Tendré que hacer algunas búsquedas, pensaba yo, seguro de que no me sonaba el nombre de tan macabro personaje.

Me gustaría decir que llegó la hora de salir, que revisé el sitio tras la última actualización, apagué la computadora y dejé el periódico en bicicleta calle Maceo abajo rumbo a Villa Josefa, pero sólo estaría relatando la secuencia de eventos de un jornada normal de trabajo. ¿Cómo se mide la normalidad?- pienso ahora que ha pasado tanto tiempo.

Cuando llegué a casa de mi cuñada, mi sobrino –que ya me supera en altura y en el largo del cabello- jugaba tranquilamente en su cuna. A esa hora, el suceso dominaba todas las conversaciones y las imágenes iban saliendo, enfocadas en el impacto del choque del segundo avión contra la estructura de una de las torres; eran parte del arsenal fílmico que se iba integrando a la memoria en un esfuerzo intelectual para comprender la intensidad del hecho, su significación, su relevancia, como si tal cosa fuera posible aquella hora.

-Las dos torres ya se desplomaron- me dijo alguien.

Ahora me parece que escucho nuevamente esa frase con sorpresa, pero sin aprensión. Vuelvo la vista y han pasado dos décadas. 

* Al cabo del tiempo

jueves, julio 15, 2021

Cuba en las calles, 11.07.2021


Los cubanos salieron a las calles a protestar contra la asfixia colectiva, a mostrar espontáneamente los deseos de un mejor país. Se vive en la isla una situación más que difícil agravada por el COVID y las desastrosas políticas económicas que el gobierno ha implementado desde el 2020. 

Las protestas fueron el resumen de un año en el que la represión y la torpeza gubernamental han minado la confianza del pueblo en quienes los dirigen. A propósito me incluyeron en una selección de opiniones para Deutsche Welle, leer aquí. 

Muchas imágenes han circulado sobre las protestas del pasado domingo 11 de julio. En lo personal me impactó particularmente una y me motivó a escribir esta crónica para Hypermedia Magazine. Leer aquí.



jueves, julio 08, 2021

Memorias de la pandemia (8)

Palacio de Schönbrunn

Tal vez a principios de 2021, la diferencia más notable respecto al año que dejábamos atrás fue que aumentó la disponibilidad de tests del COVID en Austria. El gobierno apostó por la estrategia de chequear al mayor número posible de sus ciudadanos, como medida para controlar el contagio. Según fueron levantando las restricciones, la evidencia de un resultado negativo se hizo imprescindible para acceder a algunos de los servicios que reabrían para así darle al país un cierto aire de normalidad.

Con rapidez se habilitaron los llamados Centros de Análisis (Teststraße) a los que se podía llegar en auto o a pie para hacerse la prueba del virus. A uno de ellos, en la antigua Orangerie del Palacio de Schönbrunn, acudí un par de veces por su cercanía a mi casa; pero también por el incentivo adicional que implicaba el entrar en una de las antiguas salas de la empleomanía del Imperio Austrohúngaro.

Los Centros sorprendían por su organización, la rapidez con que tomaban la muestra de tu nariz y la disciplina de todos los que estaban, como uno, esperando un desenlace optimista para continuar con sus vidas.  Tal vez, como ya llevábamos varios meses de limitaciones y medidas de contención, quienes aguardábamos en uno de los grandes espacios de la antigua Orangerie lo hacíamos con resignación y parsimonia.

Una de las visitas a la Teststraße la hice con mi esposa. Ambos necesitábamos la prueba para un acto más bien mundano, el de llevar a nuestra hija a la única peluquera en Viena con la que consiente en cortarse el cabello. Llegamos, nos separamos en la mesa donde comprobaban nuestros datos y luego seguí hasta la otra donde uno de los sanitarios me haría el ya familiar test.

Luego pasé a otra sala de espera y me senté cerca de la puerta para saber cuando mi mujer apareciera. Sin embargo, ella demoró más de lo habitual. Sucedió que el paramédico, luego de tomar la muestra, no atinó a ponerla en el tubo de ensayo y tuvo que pedirle disculpas a Helena y enviarla otra vez a que otro de sus colegas repitiera el test. Y ella, disciplinada al fin, volvió a la mesa inicial y al final de la cola que formaban quienes habían llegado después de nosotros.

Nada de esto sabía yo, que ya andaba preocupado, pensando en cómo reaccionarían los ordenados trabajadores de la salud de la Orangerie ante un caso positivo. Me venían a la mente los escenarios más exagerados, como si estuviera en una película norteamericana de serie B. Se me aparecerían dos o tres miembros del personal enfundados en los trajes protectores y me informaban que el test de mi esposa había dado positivo y que debía de acompañarlos.

Me imaginaba la incertidumbre de los demás que esperaban en la sala, tal vez la cara de pánico en alguna viejita de esas vienesas tan estereotipadas y la de perplejidad de cualquier otro espectador quien estaría cuestionándose si la distancia que habíamos mantenido antes de llegar a la sala de espera había sido la correcta.  

Por fin apareció Helena, casi a tiempo de saber el resultado de mi test y de que me tocara abandonar el salón. Pensé en cómo sería la actividad en esa zona del antiguo Palacio Imperial en un día cualquiera del verano de finales del siglo XIX. Mientras los emperadores y los miembros de la corte pasearían en los amplios jardines o debatirían sobre las posiciones lejanas del dominio austrohúngaro, los empleados andarían en su ajetreo habitual. ¿Cómo habrían sobrevivido a una pandemia?

Helena salió y me relató toda su aventura previa. Por suerte ambos habíamos recibido nuestros resultados negativos y al día siguiente podíamos hacer la prometida visita al Salón de la diestra Denise en el Distrito 18.

Según pasaron las semanas la estrategia del gobierno austríaco continuó centrada en la disponibilidad de pruebas del virus. El uso de mascarillas continuaba siendo obligatorio y -aunque sea una realidad que aterre a los antivacunas y propagadores de las teorías conspirativas sobre el COVID-19- uno ya se había acostumbrado a su uso. Los tests ahora estaban disponibles en las farmacias, por lo que no había que trasladarse a los antiguos dominios de la corte imperial o se podían comprar en algunos supermercados, realizarlos en casa a través de un sitio web, depositarlos en buzones habilitados para ello y esperar 24 horas por el resultado.

Mi mujer prefirió este método. Cada vez que le era necesario trasladarse hacia la oficina en el centro de Viena, se ocupaba el día antes del ritual del Gurgeltest. A mí me gustaba más la alternativa de la farmacia. Iba a la más cercana a la casa, esperaba por que saliera el paramédico y en 10-15 minutos recibía el certificado impreso de los resultados de la prueba.

Desde el 1ro de Julio el Gobierno Federal ha levantado algunas restricciones en el país, aunque el ayuntamiento de Viena ha sido más cauteloso. Todavía quedan algunas, como por ejemplo la necesidad de mostrar los resultados negativos de un test como condición previa para a entrar a restaurantes, atracciones y museos.

He ido unas cuantas veces a la Farmacia de la Spinnerin am Kreuz en la Wienerberg Strasse, en la que siempre me recibe un sanitario amable, pero con la expresión de alguien que luce agotado, ya sea por lo repetitivo de su labor o porque -como todos- no ve la hora de que la vida retorne a la verdadera normalidad, si es que tal objetivo será posible en 2021. Hablamos poco, lo normal en estos casos cuando no eres el único cliente y detrás de ti esperan otros también impacientes y preocupados, pero tengo la impresión de que ya nos conocemos.

No creo que él me recuerde porque como la farmacia queda en el camino de casi todas mis rutas cotidianas, todos los días compruebo que hay muchos interesados; aún así le agradezco que siempre me entregue la página impresa con mucho optimismo, como si el resultado fuera un auténtico alivio para la ansiedad y no un requerimiento para proseguir con cualquier actividad de las más terrenales del día a día.

Es cierto que algunas veces sí llegué con incertidumbre.  Ha sido un año en que la omnipresencia del virus nos ha hecho dudar de lo que en otras épocas eran resfriados de temporada. Pero al final, supongo, el paramédico se limita a realizar el test y a protegerse lo mejor posible en caso de que alguno de quienes lo visitan se confirme como portador del virus, por lo que no le hace demasiado caso a la cara que traigas. 

Si en los inicios se impuso la protección, el afán por cumplir con las medidas para evitar el contagio, un año después prima la necesidad de mantenerse saludable, lo que en estos tiempos se traduce como "libre de COVID-19". Por suerte el programa de vacunación avanza y en una semana me toca la segunda dosis. Uno trata de mantenerse al tanto de las nuevas variantes del virus, atento a las cifras de contagio, aunque también quiera convencerse de que el cierre de este capítulo infernal llamado pandemia está cada vez más cerca.

martes, diciembre 22, 2020

Memorias de la pandemia (7)


Pasó el verano. Mientras unos hacían planes para viajes internacionales en medio de la pandemia, nosotros otra vez más, disciplinadamente nos preparábamos para pasar la temporada en casa. Como en otros años hubiéramos preferido la playa de Muchavista en el litoral de la Comunidad Valenciana, pero de España continuaban llegando malas noticias sobre el control del virus y además, aventurarse fuera de las fronteras austríacas suponía demasiado agobio. 

Tras el confinamiento de primavera, agosto parecía sugerir que ya habíamos superado todo: el virus, su trasmisión, su peligrosidad. Una de las madres del Kindergarten de mi hija preguntaba por lugares para visitar en Austria, para luego quejarse de la tradición veraniega nacional de hospedarse cerca de un lago, cuando ella prefería el litoral turco del Mediterráneo, que en su opinión nunca podría compararse a la oferta local.

Para nosotros las opciones se centraron en la piscina del Währinger Park. Llevábamos desde el año anterior preparando una mudanza para un apartamento nuevo en un nuevo proyecto arquitectónico de la ciudad de Viena, en otro distrito diferente; pero la emergencia sanitaria del COVID-19 había atrasado las obras, la terminación del edificio y la entrega de las llaves. Nuestro contrato de arrendamiento terminaba en agosto; sin embargo, nuestra casera nos permitió quedarnos hasta que nos concedieran la otra vivienda.

Las visitas a la piscina del parque también sugerían que la vida ocurría en otra burbuja. Parecía no haber peligro. Si bien este verano habían limitado la entrada de bañistas, una vez dentro todos lucían más relajados. No había razón para juzgarlos, la mayoría eran padres como yo, que habíamos pasado el primer confinamiento con dificultad al tener los pequeños en casa sin muchas opciones, toda vez que las áreas de juegos estuvieron cerradas. De modo que supongo que todos agradecíamos cómo se divertían los niños en el agua.

Mi hija, que el año anterior había preferido caminar por el borde de la piscina intentando arrancar las piedrecitas de las lozas, parecía haber descubierto las bondades de la alberca. El agua continuaba fría, como en todos los veranos vieneses, pero ella había superado la curiosidad y sus propios temores y viéndola sorprenderse de la aparente inmensidad de la piscina del barrio, uno hasta se sentía complacido.

Se hablaba poco del virus o se atenuaba un poco su mortalidad, digo yo. Los restaurantes habían abierto, las máscaras seguían de uso obligatorio en el transporte público y de cuando en cuando alguien predecía que la temporada otoñal sería difícil.  

Antes del receso veraniego los padres del Kindergarten habíamos vivido varios días angustiosos ante la espera de resultados de la prueba del virus en otras familias. Todos dieron negativo, pero luego de la vuelta a las actividades se repitieron escenas similares: llegaba un email de los administradores de la guardería con noticias sobre una familia que, debido a los síntomas, había decidido hacerse la prueba del COVID. Y luego a esperar 24, 48 horas hasta que estuviera un resultado.

No sé cómo calibrar la respuestas de los niños ante la situación derivada de la pandemia, sobre todo en los más pequeños. La mía no parece entender mucho la razón del por qué ha habido cambios. Siempre nos habían dicho que antes de los tres años convenía mantener un ambiente estable, pocas variaciones en el día a día, así que uno procuraba seguir la receta de la rutina inamovible. Es que se avecinaban mudanzas grandes: cambio de casa, cambio de guardería, despedida de los ya muy queridos primeros amigos.

Me gusta creer que ella se ha adaptado a todo, porque alguna vez leí sobre la capacidad de adaptación de los más pequeños en estudios que aludían a situaciones muy estresantes, como guerras y desplazamientos forzados. De todas formas, le agradezco enormemente su adaptabilidad. Sus padres, luego de haber resistido también jornadas de mucho estrés, lograron negociar un último día en el Kindergarten que iba a coincidir con el de la mudanza. Idealmente lograríamos trasladar todas las cosas antes de que terminara su jornada en la guardería, pero cuando uno va a cambiarse de casa es cuando descubre que ha acumulado tantas objetos que apenas tras colocar los primeros tarecos en el camión de la mudada, se convence de que no va a terminar en un día. Algún ser más organizado habrá por ahí, seguro, alguien que tal vez lea esto.

Cuando mi pequeña y su madre llegaron a casa, todavía estábamos por terminar de poner todas las cajas en el nuevo apartamento. Ella notó la gente extraña, pero no reaccionó con el temor acostumbrado. Ya le habíamos dicho que tendría una casa nueva y por suerte habíamos podido poner todas sus pertenencias en su nuevo cuarto, así que se quedó tranquila, jugando, inspeccionando el espacio.

Una semana después de la mudanza decretaron en Austria el Segundo Confinamiento.

martes, julio 28, 2020

Memorias de la pandemia (6)

“Nueva normalidad” es una frase que ha sido acuñada en estos días de COVID-19. Se refiere al impacto de las medidas adoptadas en los inicios del confinamiento, que alteraron el ritmo normal de vida que teníamos hasta entonces. Como la enfermedad no nos ha abandonado, la precaución y algunas regulaciones han seguido siendo parte de la cotidianidad. Y entre estas, la más visible es la relativa al uso de las mascarillas.

En Austria, creo que nos hemos acostumbrado a llevarlas sin muchas complicaciones. Sé que también hemos tenido “protestas” de ciudadanos que alegan que el virus es un invento y que las órdenes decretadas por el gobierno del Canciller Sebastian Kurz son un experimento para coartar las libertades y derechos de los habitantes del país. Sin embargo, luego de las manifestaciones de inconformidad, la gente ha seguido disciplinadamente con las recomendaciones de las autoridades.

Al principio, porque ya podemos hablar de un estado inicial en esta pandemia tan extensa, las máscaras o la protección para nariz y boca, como advierten los carteles y anuncios públicos en alemán, eran necesarias en casi todos los lugares. Luego hemos vivido un par de semanas de cierto relajamiento en las que sólo fueron obligatorias en el transporte público. Y justo el pasado viernes 24 de julio, se volvió a imponer su uso en supermercados, tiendas oficinas de correo y bancos.

Me acuerdo que a inicios del 2020, cuando el virus sólo “ocurría” en China, había visto a algunos en Viena llevando las ya tan inconfundibles mascarillas desechables azules o verdes. Curiosamente, casi todos estos pioneros en el uso de la protección eran asiáticos. Y si mis primeras reacciones fueron de tildarlos de exagerados, con la llegada del virus y su avance me he dado cuenta de ponerse lo que ahora en Cuba llaman nasobuco, es también una cuestión cultural. En China, Japón, Corea y varios países del Sudeste Asiático, desde los brotes peligrosos de SARS o Gripe Aviar, es común ver a personas llevándolas incluso en días en los que no hay ninguna amenaza de epidemia.

Es cierto que en las primeras semanas del confinamiento los expertos sanitarios, los especialistas y los políticos no lograban ponerse de acuerdo sobre los beneficios de las mascarillas. Unos recomendaban su uso y al día siguiente aparecían los demás para señalar la poca evidencia de que protegían contra el virus. Mientras en algunos países donde no era obligatorio taparse la boca y la nariz los casos aumentaban, en otros, como en la vecina Eslovaquia, donde todos llevaban sus vías respiratorias cubiertas, el virus estaba mejor controlado. Creo que fue el detonante para que al fin muchos se convencieran de que efectivamente las máscaras limitaban el contagio.

Antes de que volvieran a decretar el uso obligatorio ya estaba adaptado a ponerme una de las de tela, que compramos a una firma local, conocida por sus coloridas ropas para niños. Como debía llevarla en el transporte público, hubo días que salí de casa con ella puesta para hacer el trayecto mañanero hasta el Kindergarten de mi hija. Allí los padres nos saludamos todavía con mascarillas y procedemos de uno en uno a dejar a los pequeños en la Sala de Juegos. Luego el camino de vuelta en tranvía, lo hago sin necesidad de quitarme la pieza de tela y si tengo planeado seguir hacia un supermercado, pues entro al establecimiento como en los días iniciales del encierro.

Cualquiera pensaría que los demás, conscientes de que no hay necesidad de llevar protección para hacer las compras, reaccionarían primero con estupor o sorpresa y luego con reticencia y hasta con genio, porque en definitiva este (o sea yo) entra enmascarado para alardear de disciplina y verminofobia y condenarnos al resto por irresponsables. Sin embargo, en realidad nadie me ha hecho el más mínimo caso.

Aunque muchos auguraban un caos que arrasaría con las libertades individuales y aunque otros siguen renuentes a dar su brazo a torcer en el tema de las máscaras, concluiría que nos hemos adaptado a llevar protección. Me han sorprendido desde los niños con tapabocas coloridos, hasta los más ancianos con las habituales verde-azules sintéticas.

En uno de mis trayectos diarios me entretuve mirando a una abuela de lentos ademanes que bajó del tranvía y mientras quienes viajábamos dentro esperábamos porque el semáforo cambiara, ella caminó hacia uno de los bancos de la parada. Luego se sentó, se quitó su máscara, la dobló cuidadosamente y la guardó en un sobrecito de celofán que fue a parar a la cartera que llevaba. Creo que pocos le han dado el valor a este objeto, que ya puede usarse como referencia del 2020, como lo hizo aquel día la anciana vienesa.

Tampoco hay que enfrascarse en una investigación muy rigurosa para determinar cuántos las aprecian, pues basta una simple caminata por el barrio o por otros colindantes para tropezarse con máscaras abandonadas en las aceras, cunetas, jardines, parques infantiles o sitios inalcanzables para los recogedores de basura; en los que, a juzgar por la pérdida de sus colores originales, uno se atrevería a decir que languidecen allí desde el mismo inicio de la pandemia.

domingo, julio 05, 2020

Memorias de la pandemia (5)

Cuando un suceso determinado tiene una duración muy larga, la aproximación informativa que hacen de él los medios de prensa tiende al aburrimiento y al desinterés. Aburre, porque el impacto de la revolución digital y el ciclo noticioso de 24 horas, sobre todo en televisión, ha creado en muchos la falsa percepción de que los informadores abren y cierran los eventos, o sea que presenciamos el inicio y fin de cualquier cosa que ocurre siempre y cuando lo televisan. Y como el COVID-19 todavía no tiene fecha para cuando acabar y quienes lo reportan tampoco saben a ciencia cierta cómo terminarán estos días de pandemia, se hace difícil mantener el interés en un recuento diario de contagios, decesos o en medidas extraordinarias para evitar ambos.

En Austria, donde el gobierno decidió rápidamente decretar el confinamiento, la cifra de fallecidos se informaba al detalle en las primeras semanas. Aunque no eran mencionados por sus nombres, sí aclaraban algunos datos, por ejemplo, la edad y si tenían padecimientos previos que el virus habría tornado letales. Sin embargo, tal balance sólo era posible aquí, donde a pesar de que los infectados aumentaban según pasaban las horas, las muertes no se dispararon como en otras naciones que en esos días eran prácticamente el epicentro del virus, la vecina Italia, por mencionar una.

No obstante, mientras el virus se expandía por todo el mundo y añadía más cifras de contagiados, resultaba difícil seguir los recuentos diarios de estas por su propia naturaleza abrumadora. Y como casi no abundaban historias personalizadas, conocer a diario el número de muertos, lejos de asumirlos como evidencia de la fuerza letal de la enfermedad, creo que terminaba por inmunizarnos contra la empatía. Morían miles de personas todos los días, pero apenas lo interiorizábamos aunque formaran parte de la dimensión exacta del impacto del virus.

La trasmisión del COVID-19 seguía imparable, a una velocidad que impedía detenernos a pensar en quienes no habían logrado superar al virus, esos que también eran padres, hijos, abuelos o parejas de alguien. Todos quedaban reducidos a un número que apenas nos asombraría, pues era muy probable que al día siguiente hubiera aumentado desproporcionadamente.

Se podría afirmar que el virus deshumaniza a la vez que contagia, pues los enfermos solamente alcanzan notoriedad si sobreviven. Mientras tanto, los muertos siguen añadiéndose a una masa amorfa, a un ejército de zombis, pues dejan de respirar y –al mismo tiempo- tal parece como si no hubiesen fallecido, pues por ejemplo, a los familiares no se les permite vivir el duelo de la manera tradicional, lo que le da otra dimensión muy terrible a estos días de contagio universal.

Sin duda, echamos en falta muchas historias personales del COVID-19, precisamente debido a la presencia del virus, pues las restricciones y los confinamientos no han ayudado mucho a los periodistas que debían y querrían reportar la impronta del virus más allá de las cifras de contagiados y muertos. Muchos comunicadores han tenido que hacer su trabajo desde casa, como casi todos los demás mortales; y por cumplir con las medidas dispuestas por las autoridades de cada país, se han visto obligados a desestimar la posibilidad de moverse hacia los sitios en los que la enfermedad se ha cobrado más vidas como centros de salud, hospitales y residencias para ancianos.

Sin embargo, las redes sociales han ayudado un poco a devolverle la identidad a quienes no superaron al Coronavirus. Me consta que el Twitter cada día aparecen tweets o hilos que relatan al menos sucintamente, la existencia anterior de los fallecidos, su paso por este mundo que el 2020 detuvo por medio de una enfermedad antes desconocida. A los familiares y amigos les será difícil sobrellevar las ausencias, como es lógico, a pesar de los homenajes en la red, esos en los que la promesa del recuerdo eterno parece ser la opción más socorrida.

Y creo que los números, las cifras totales de contagios y muertes siguen sobrepasando a las de quienes han sido sacados del anonimato. Mientras escribo, se ha reportado que los contagios por causa del COVID-19 ya suman más de 10 millones de personas. La cantidad por sí sola debiera asustarnos si pensamos en el alcance de la pandemia. Sólo poco más de 80 países de los más de 200 que están reconocidos en nuestro planeta, cuentan con más habitantes que el total de infectados con el Coronavirus.

Mientras tanto, los políticos –sobre todo los que alardeaban de poder contener cualquier crisis, excepto una de este tipo que los ha dejado bastante mal parados, apenas prestan atención a los números de los que fallecen. Así resumen su estrategia para no cargar con la culpa, pues mientras más impersonal sea el conteo, más fácil será convencer a quienes votan de que ante una calamidad insospechada como la que ha producido el Coronavirus, ellos han actuado “bien”.

viernes, junio 19, 2020

Memorias de la pandemia (4)

ESVOC/IPVCE Ernesto Ché Guevara en Santa Clara, Cuba. En primer plano las piscinas
(sin agua desde hace años), al fondo el Gimnasio y a la izquierda el Policlínico.
No deja de ser curioso que vivir situaciones extremas, como esta del COVID-19, en la que uno de pronto se encuentra sin muchos recursos para hallar una salida expedita, nos haga reflexionar sobre experiencias pasadas. Tal vez la comparación busca restarle impacto al shock, pues no hay duda de que al final el virus no es ni la única pandemia que hemos vivido, ni la referencia a una tragedia descomunal que amenaza con destruir todo lo conocido, por muy espeluznante que parezca.

En mi adolescencia nos tocó vivir otra, la del SIDA, hecho que muchos han citado cuando se refieren a la actual emergencia sanitaria por el coronavirus. Y hasta me resulta familiar, no porque en aquellos años de VIH y pruebas masivas, confinamiento forzado a los pacientes cubanos, burlas, historias aterradoras sobre auto-inoculación, el miedo fuera menos palpable que en estos meses del 2020, sino porque viendo aquellos reportajes sobre la enfermedad fue cuando por primera vez escuché mencionar la palabra pandemia.

La incorporaría completamente a mi léxico tiempo después, en pleno Período Especial, cuando un amigo, colega de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, decidió hacer su tesis de licenciatura sobre el Sanatorio de Santiago de Las Vegas. Ya estábamos en los años 90 y estos no se había iniciado con eventos menos trágicos, pero la década anterior nos había dejado un compendio bastante amplio de sucesos nefastos. La masacre de Jonestown, Bhopal, el terremoto de México y Chernobyl son algunos ejemplos que, me atrevería a afirmar, quedaron en la memoria colectiva, aunque nos enteráramos en detalle muchos meses o años después leyendo Sputnik o alguna otra publicación soviética. Y tales lecturas siempre nos mostraban que el mundo era muy frágil y que la vida de cualquier humano podía apagarse en un minuto por cualquier motivo de fuerza mayor.

De adolescentes vivimos epidemias más banales, incómodas, pero no letales, como la de escabiosis y pediculosis que se desató en la entonces Escuela Vocacional de Santa Clara. He tratado de rememorar cómo comenzó, pero mi me memoria me ha fallado estrepitosamente. Sé que tal vez se activaría si preguntara a alguno de los compañeros que vivieron también aquellos días, pero ello implicaría romper el boicot personal a Facebook. En la semanas que he estado ausente de la red social he podido leer un par de libros que hacía tiempo deseaba terminar, cuyas historias me han llevado a descubrir personas reales desconocidas, con vidas extraordinarias. A algunos de mis amigos de Facebook los quiero un montón, pero sé que no son tan eficaces como para imponerse sobre la nube de ruido, comentarios y memes que el algoritmo escoge, para presentártelos e intentar convencerte de que son en realidad lo que te interesa.

Pero volviendo a mi epidemia banal, hay varios momentos que sí recuerdo con más nitidez, como por ejemplo, regresar del pase y que los ómnibus en lugar de dejarnos en el sitio habitual de todos los domingos, lo hicieran en los escalones de la Dirección Central, donde un grupo de profesores nos revisaría la cabeza buscando piojos o liendres. Tal vez durante los primeros días, los infectados irían a parar al Policlínico de la escuela, en el que uno podía quedar ingresado como en cualquier hospital de la ciudad; pero a medida que el contagio se hizo evidente, estaba claro que las salas de ingreso no iban a dar abasto.

A la de los “habitantes en el tejado” le siguió otra enfermedad igual de mundana: la escabiosis. Tampoco me acuerdo cómo llegó a propagarse tan rápido, si coincidió con una de aquellas temporadas en las que la Vocacional se quedaba sin suministro de agua, a pesar de contar con un imponente depósito: un tanque elevado que como un hongo gigantesco, parecía vigilar las seis unidades estudiantiles. Lo cierto es que el número de contagios aumentó exponencialmente hasta que fue necesaria una solución espeluznante para librarnos de todo mal.

Supongo que nos informaron sobre el proceso, como hacían cuando se aproximaba algún evento que implicaba a todos los alumnos. Me imagino también que, a pesar de las explicaciones, debimos de haberlas tomado con la despreocupación propia de la edad. No había otra manera para adolescentes saturados de discursos sobre responsabilidad y disciplina.

Entonces llegó el día del ritual purificador. Debíamos esperar en fila con nuestra ropa colgada en percheros mientras fumigaban los albergues, nuestras camas y taquillas. Las filas terminaban en unos camiones enormes, propiedad de las Fuerzas Armadas, en los que nuestras pertenencias serían rociadas al vapor con un desinfectante.

Luego deberíamos volver al albergue y desnudarnos hasta quedar en ropa interior y así pasar al área de las duchas, donde alguien nos fumigaría también, como si fuéramos ejemplares de un cultivo priorizado que estaban siendo atacados por plagas. El equipo de fumigación era bastante similar al que había visto en reportajes sobre la agricultura en la TV o en casa de unos parientes que vivían en el campo, muy cerca del mismísimo centro de Cuba.

Nos rociaron con un líquido blanquecino, pastoso, uno de los profesores de la Unidad, ante quien, uno a uno, nos tuvimos que bajar los calzoncillos para que aquella mezcla se pegara en nuestras partes más púberes. Ahora no recuerdo si las niñas del aula nos relataron su experiencia en los mismos términos. Tal vez sí, al final ha pasado mucho tiempo.

Luego hubo que esperar un par de horas con la solución medicinal seca en el cuerpo, hasta que nos indicaron que podíamos pasar a las duchas, esta vez para limpiarnos de aquella mezcla.

Tiempo después, mientras veía La lista de Schindler, la escena de la llegada a Auschwitz me trajo de vuelta a aquel día de mediados de los 80 en la ESVOC. Claro que no hay comparación posible en las reacciones de aquellas pobres mujeres judías y la nuestra. Sin embargo, viendo el filme por primera vez no pude dejar de pensar en nuestra experiencia aquella mañana de 1984 o 1985, cuando nosotros, los alumnos de la élite escolar de la provincia, éramos conducidos a la purificación obligatoria por habernos tornado una masa impersonal de piojosos y sarnosos.