viernes, septiembre 11, 2009

¿Que veinte años no es nada?

La primera semana de septiembre de 1989 distó mucho de la imagen que tenía sobre lo que serían los estudios universitarios. El contraste no se estableció en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana donde –a pesar de las habitaciones señoriales y las escaleras de mármol- las aulas no se diferenciaban mucho de las del pre. Lo diferente y desesperanzador resultó el cuarto del piso catorce de la Residencia Estudiantil Mario Escalona donde nos ubicaron.

Meses antes, luego de los trámites de la matrícula, mi amigo Frank y yo habíamos admirado los edificios de la calle 12 esquina a Malecón, donde nos tocaría vivir parte de la experiencia habanera. Desde afuera nos habían parecido espectaculares. Las dos torres que se alzaban casi al final del Vedado representaban un radical cambio de estética si las comparábamos con los albergues del IPVCE.

Pero si la excitación y expectativa eran notables en aquel día de agosto, un mes más tarde se convirtieron en desilusión e incertidumbre. La mayor sorpresa no fue encontrarnos sin puertas la habitación que nos asignaron, sino las camas sin colchón. Imagino que en el año 89 la matrícula de la U.H. sobrepasó los límites de una residencia como 12 y Malecón y quizá por eso nos tocó vivir en un área que nunca antes había tenido literas y taquillas.

Los colegas la llamaban “la autopista”, porque todos pasaban por allí. Ellos arribaron temprano y se adueñaron de lo poco disponible. Cuando nos tocó el turno a Frank y a mí, sólo quedaban libres dos tablas de cartón de bagazo. En ellas dormimos aquella noche debido al cansancio de haber pasado la anterior viajando por la verdadera autopista, la nacional, y la mañana y la tarde en los ajetreos propios de la matrícula.

Apenas recuerdo las clases iniciales, por suerte introductorias o lo que es lo mismo, intrascendentes. Nuestra primera lección nos la había dado La Habana y quizás inconscientemente entendimos que debíamos organizarnos si al final deseábamos conquistar la ciudad o al menos volverla menos inhóspita. Mientras tanto hacía falta un respiro y todo el aire que soplaba en la capital, ya fuera bajando por 23 rumbo a La Rampa o a lo largo del Malecón, no era suficiente.

Antes que pasar la mañana familiarizándonos con la casona de G, preferimos entonces llegarnos hasta la Terminal de Trenes y garantizar el pasaje de regreso. Confieso que en algún momento pensé en abandonarlo todo. Siempre mis comienzos escolares han sido difíciles y en esos días preparatorios en los que la capacidad de resistir comprueba sus límites, el abandono es una idea recurrente. Luego de una noche sin colchón, con toda la ropa en los maletines, pues no teníamos dónde ponerlos, las perspectivas de pasar todo un curso en tales condiciones no eran muy halagüeñas que digamos.

Para más desgracia –sí, creo que era la palabra cierta -cuando volvimos por la tarde a la habitación descubrimos que nos habían robado las tablas. Y así, añadiéndole cuotas al desánimo, terminamos Frank y yo dispersos por La Habana ante la cruda realidad de tener que dormir en el piso. Él recaló en casa de un familiar en Marianao; yo, en la casa de mi tía del Vedado, en el apartamento de sólo un cuarto que me parecía enorme en las vacaciones de mi niñez y que en aquel 1989 debía acomodar a otras siete personas.

No recuerdo si los colegas de 1er año de Periodismo tendrían experiencias similares. Todavía en los días iniciales del curso las presentaciones no eran tan espontáneas como para que unos y otros nos relatáramos “intimidades”. Sin embargo, puede que no fuera sólo el azar, sino también el contexto lo que impidió mayores acercamientos. Supuse que quienes articulaban sus coherentes discursos sobre por qué habían decidido ser periodistas dormían en lechos confortables.

Con la certeza de que era jueves y el viernes en la noche viajaríamos de regreso al hogar, el tercer día de aquel comienzo parecía más llevadero. Un arranque de reivindicación nos hizo olvidar las clases programadas y nos aparecimos en la oficina del director de 12 y Malecón dispuestos a que este le encontrara una solución a nuestro calvario y sobre todo, que nos proporcionara sendas camas.

Tal vez la prontitud con que nos cambiaron el status de palestinos a habitantes oficiales de un cuarto no debió sorprendernos. Hasta esa fecha no conocíamos otra realidad que no fuera la cubana y estábamos acostumbrados a sus a veces desalentadores fallos. De modo que era muy posible, como en efecto ocurrió, que mientras algunos cuartos como la ya citada autopista estuvieran abarrotados de estudiantes, otros esperaban pacientemente por nuevos inquilinos.

Gracias a la gestión inmediata del director nos trasladamos del piso catorce de un edificio al diecinueve del otro. Las diferencias entre uno y otro eran abismales. El roce internacional lo aportarían tres becarios de la República del Congo con quienes compartiríamos la nueva habitación. Comparado con el hospedaje anterior, el 19 lucía esplendoroso, con huellas más o menos frescas del verdadero confort que el edificio debió exhibir en La Habana de los 50.

Sin embargo, para dormir en las nuevas literas debimos esperar una semana más. Aún sin la angustia de tener que procurar un techo, ya habíamos resuelto retornar a la provincia para quizás un último avituallamiento de protección y cariño.La primera estancia en la capital fue fatigosa, aunque en aquel septiembre era difícil pronosticar la cantidad de acontecimientos que todavía ocurrirían en nuestra islita y en el mundo en 1989 que se añadirían al cansancio.

Las dificultades abundaron en ese curso 89-90, con todos los golpes que la historia le propinó al llamado socialismo real. Complejos también resultaron los siguientes períodos que conformaron uno mayor llamado eufemísticamente especial. Cuando me gradué en el 94 mi amigo Frank ya no estaba para compartir las posibles tribulaciones que nos tenía reservada la vida laboral, un absurdo incidente acabó con su vida a inicios del también terrible 1993.

Mucho tiempo después, conversando con una amiga colombiana coincidimos en lo frecuente que mis compatriotas utilizaban la frase de “no e’ fácil” para referirse a las mil y una situaciones del día a día en la isla. Estábamos otra vez en la fase inicial de un tiempo, los albores del siglo XXI y en La Habana la vida seguía siendo difícil para una gran mayoría.

Por casualidad mi amiga se hospedaba en una recién restaurada edificación convertida en hotel para periodistas a pocos pasos de mi antigua facultad universitaria. Hacía casi una década que no pasaba tan cerca de la emblemática casona y el recuerdo de mi primer curso allí desplazó todos mis pensamientos de la noche. No fue fácil comenzar aquí, pensé. Por suerte los amigos que hice en aquellos semestres se ocuparon de hacer la estancia menos dura y algunos, los más entrañables, convirtieron la complicidad en un acto simple y cotidiano. De eso, entre otras cosas, se trataba la vida hace 20 años.

miércoles, mayo 13, 2009

Resumen de observación no participativa


Lugar: Parada cerca de la Estación de Swiss Cottage (Noroeste de Londres)

Hora: 2 p.m. (Una hora antes de que mataran a Lola, evento que viene a propósito con el tema que se discutirá)

Objeto de observación: Dos mujeres de raza negra que esperan por un ómnibus y conversan en un idioma que parece español de la isla (El observador duda, hay cierto regodeo en las vocales que lo confunden, lo halla más parecido al acento puertorriqueño).

La acción: Prosigue la espera, pasan dos rutas que no son las que escogen ni el observador ni las observadas, que también sostienen un coche en el que un mulatico de poco más de un año cabecea adormecido. La conversación continúa, hace un sol inusual en esta tarde londinense y la escena bien podría estar ocurriendo en algún lugar del Caribe.

El observador se mantiene alerta, no quiere interferir en la escena, ahora que las dos observadas han aumentado el ritmo y las palabras se suceden a intervalos más cortos. No obstante, el observador duda. Una de las observadas mira hacia la información impresa en la parada, hacia la calle que está llena de autos, pero no de los aguardados autobuses rojos de dos plantas y exclama:
¿Cuándo pinga va a venir la guagua esa?

Al observador no le quedan dudas, teoriza que la nacionalidad puede expresarse a veces sólo con una palabra.
¡Y en eso, su espera concluye!

jueves, enero 15, 2009

Lecciones de Historia: Curso 87-88

Recuerdo 1987 como el año de la Perestroika, aunque también se habló mucho en él de la Rectificación de Errores, el tímido equivalente cubano de la gran oleada reformista que envolvió a más de un país de Europa del Este y que, a la postre, acabaría con el socialismo como sistema. Es curioso, los nacidos en ese año, como mi sobrina Anna, no tienen memoria de la Unión Soviética, ni de cómo era la vida en la parte del Viejo Continente que siempre aparecía sombreada en rojo en los atlas impresos en Alemania (“¿democrática?”) que nos distribuían como material escolar.

El 87-88 aparentaba ser un curso de cambios, al menos una especie de llamada de alerta sobre lo que hasta ese tiempo había sido el país, y el mundo en el que habitaba tranquilamente mi generación. Y digo tranquilo, porque comparados con la década siguiente, cuando ambos lugares sí experimentaron transformaciones radicales, los finales de los 80, para un estudiante de undécimo grado, resultaban intrascendentes.

Visto desde la distancia y de un presente con más preocupaciones, aquel año se me antoja educativamente aburrido, aunque en lo personal estaría marcado por sucesos impactantes y dolorosos. En el mes de julio mi padre se despedía de la vida, dejándonos a mi hermano y a mí un tanto incapaces de valorar la magnitud de la tragedia. En el mismo verano, acostumbrándome a la ausencia de mi viejo, los Juegos Panamericanos de Indianápolis despertaron un desconocido espíritu competitivo y voluntarioso. Los amigos marcarían ese septiembre como el de mi interés por los récords de atletismo y las carreras de medio y largo fondo.

No tengo memoria del acontecer diario, del entusiasmo que las jornadas de discursos, eventos y congresos sobre la “rectificación” debieron causar en mis compatriotas. Supongo que vivíamos sin expectativas, creyendo en la súper publicitada frase relativa a la grandiosidad del año 2000. Nosotros éramos la generación del futuro y sólo a este debíamos rendirle cuentas; el presente transcurría como una larga y estupefaciente época en la que estábamos inmersos. Por cierto, el dos mil llegó más desapercibido de lo que se esperaba, como dirían los aseres del barrio: nos dejó tremenda raya.

Quizá la señal más evidente del cambio en el curso escolar 87-88 lo fueron nuestras asignaturas, sobre todo Historia. Hasta ese grado habíamos recibido instrucción según manuales voluminosos que abarcaban períodos anteriores al contemporáneo. Ahora estudiaríamos los acontecimientos del siglo XX e incluso nuestras propias décadas anteriores. Para mayor sorpresa, los volúmenes del programa no eran los acostumbrados textos encuadernados en tapa dura, sino unos cuadernos menos gruesos.

Por la tipografía, similar a la de las páginas salidas de un habitual mimeógrafo, era fácil adivinar que habían sido impresos a la carrera, tal vez en los mismos meses veraniegos en los que yo disfrutaba de los triunfos de los atletas en los Panamericanos. No sé si seguirían el estilo de Sputniks y Novedades de Moscú, pero los textos traían un poco más de información sobre los sucesos de Hungría en el 56 y las huelgas del sindicato Solidaridad en la Polonia del 80.

Aquel tema nos era desconocido por completo. Residíamos en una nación “emergente” y nos educaban según un modelo de conocimiento en el que, como ya dije, interesaba más el futuro que el presente, y el pasado aparecía tan fragmentado y lleno de zonas oscuras que a veces resultaba mejor no preocuparse demasiado por él, y darle más crédito la idea casi lógica de que era un tiempo “superado”, derrotado por la avasalladora presencia de nuestra actualidad.

Sin embargo, creo que los nuevos libros de Historia avivaron en algunos de nosotros un interés por mirar al pasado de otra manera. Sería muy pretencioso afirmar que contribuyeron a darnos cuenta de que estudiábamos una versión editada de los acontecimientos anteriores, pues nuestras fuentes de información eran tan selectas y similares que no había casi margen para comparar. Así y todo, tales clases y debates espontáneos que empezaban justo cuando terminaban las lecciones, dejaron un sentimiento de decepción y desconfianza.

Y hasta causa risa, pues ahí estábamos, en la Escuela de Nuevo Tipo, la institución donde se formaban quienes sacarían al país del subdesarrollo. Para ello recibíamos el doble de contenidos que nuestros colegas de otros pre-universitarios, nos esforzábamos por resolver complejos problemas de Matemáticas y Física, y pasábamos mañanas y tardes en laboratorios de Química y Biología. En aquellas sesiones, algunos profesores se entusiasmaban con nuestro aprendizaje y nos conminaban a dudar de todo, y a creer en las posibilidades infinitas de teorías y experimentos. De esa manera se nos preparaba, decían, para el futuro.

Quizá el optimismo de nuestros maestros de ciencias era circunstancial y hasta puede que subversivo. Lo cierto es que las lecciones de Historia, amén de las discusiones y lo “nuevo” del programa generalmente no propiciaban los mismos niveles de excitación. A lo mejor los propios profesores tuvieron parte de responsabilidad, pero no quiero culparlos. Fue justo en aquel curso 87-88 en el que nos enteramos de los “problemas” del socialismo europeo, cuando descubrimos además que el novedoso programa también tenía sus limitaciones.

Lo supimos de golpe cuando llegó la temporada de exámenes. Antes nos habían repetido hasta la saciedad, que el programa de la asignatura se debía a la política de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas que meses atrás había emprendido el gobierno y que, por si a alguno de nosotros se le había olvidad la cantaleta de la lucha ideológica, probaban una vez más que el socialismo era irreversible.

En la pregunta que incluyeron sobre el tema en el examen final cualquiera podía intuir que buscaban una respuesta así de lapidaria. Solo que nuestras pruebas, concebidas en las oficinas habaneras del MINED*, no sólo venían con incisos que debíamos contestar para obtener las codiciadas notas, sino también con repuestas. Ignoro de qué modo suponían que todos los estudiantes del país arribaríamos a las mismas conclusiones, pero por sí o por no, cada examen llegaba con su correspondiente “clave” que nuestros profesores luego usarían para revisar y calificar, es decir, una lista a veces bastante corta de lo que debíamos haber respondido para conseguir la máxima puntuación.

La clave de aquel curso trajo un polémico y, para nosotros escandaloso, acápite respecto a la pregunta sobre los sucesos en Europa Oriental. No importaba cuán exhaustivo hubiéramos hecho el recuento de lo ocurrido, o cuán perfecta hubiera sido nuestra redacción, si no aparecía textualmente que los eventos evidenciaban que “el socialismo era superior al capitalismo” perdíamos dos miserables, pero a la larga importantes, puntos.

De poco valieron protestas, reuniones y si se quiere explicaciones influenciadas por conocimientos de semiótica que no poseíamos. La frase tenía que mostrarse exacta en los exámenes, nada de “está implícita” o “se infiere”. Muchos terminamos con 98 en Historia y puede que con la certeza de que nuestra educación, tan avanzada y vasta en el apartado de las ciencias exactas, dejaba mucho que desear en las asignaturas que también debían ayudarnos a pensar y a formarnos una idea de quiénes éramos y de cómo era el país donde por azar, o por ley universal, residíamos.

Tal vez en aquellos años cualquiera podía imaginar que el futuro nos transformaría a todos en autómatas programables cuya única preocupación sería la conquista del porvenir, porque para eso se vivía en el presente y el pasado no importaba pues entonces la tecnología era atrasada e ineficiente. Y puede que en las noches nos asaltaran esas pesadillas futuristas aún cuando muchos todavía vivíamos en casas con paredes de madera, cocinábamos con queroseno y veíamos la televisión en blanco y negro.

De la superioridad del socialismo... en realidad no nos dimos cuenta. El curso siguiente no incluyó a Historia en la lista de asignaturas. En los años posteriores pasamos de estudiantes a protagonistas o espectadores de los acontecimientos que vendrían y para entonces las “claves” habían dejado de ser necesarias. La sucesión de eventos, las llamadas de atención, las lecturas, los turistas, la crisis y el copón divino se ocuparon de poner en su lugar a los funcionarios que a finales de los 80 habían intentado convencernos de que la ideología y los dogmas podían reformar la eternidad para beneficio propio, o que la Historia era sólo una versión retocada y selectiva de acontecimientos, o que el conocimiento, para que surtiera efecto, debía ser reducido y limitado.

*Ministerio de Educación en Cuba

martes, diciembre 23, 2008

Russel Banks, la violencia a cuentagotas


Aflicción, la novela del norteamericano Russel Banks tuvo una versión cinematográfica en 1997, con un elenco de lujo (James Coburn, Willen Dafoe, Nick Nolte, Sissy Spacek). El dato apareció luego una búsqueda que consideré necesaria, pues tras la lectura de la novela, suponía que una obra tan singular y que reflejara de un modo tan intenso las relaciones humanas, debía haber inspirado una película.

La anécdota pudiera parecer sencilla: en un pequeño pueblo de New Hampshire ocurre un accidente de caza y muere una persona. Aunque este es solo un acontecimiento en la lista de los sucesos que componen toda la trama, sobresale a la larga por la obsesión que desencadena en el protagonista de esta historia, a veces oscura y cínica, narrada en un tempo emparentado con el sosiego y la densidad propia de un análisis serio.

Wade Whitehouse sobrepasa los 40 años, tuvo una infancia marcada por los abusos físicos y sigue viviendo en Lawford, el pueblo donde nació. Si a ello se añade el hecho de que no puede tener una relación normal con su hija —que vive con la madre en otro pueblo—, y que para la gran mayoría de sus coterráneos es una persona de carácter violento, basta para incluirlo en lo que la cultura norteamericana define como un fracasado. No hay que avanzar mucho en la lectura para comprender que Russel Banks propone en Aflicción un acercamiento incisivo hacia la sociedad norteamericana, limitada a un contexto específico, pero con el acento suficiente para hacerlo extensivo a un ambiente mucho más abarcador. La razón se debe a los personajes y situaciones, todos mostrados con un perfil sicológico extremadamente desmenuzado, como si fuera una intención explícita del autor porque le era preciso explicar y hacer comprensible cuanto comportamiento humano fuese enunciado o relatado.

La lectura entonces transcurre en un espacio que se alarga, hay que mirar de lejos todas las situaciones, no tomar parte en ellas, pero observarlas con la prudencia de un lector avezado que ni siquiera se sorprende con el aparente matiz conclusivo que entraña la primera oración del libro: Esta es la historia de la extraña conducta criminal de mi hermano y de su desaparición.

Tampoco resulta una novela policíaca en el sentido clásico, si acaso se acerca a los preceptos más actuales de la novela negra, por su evidente impulso cuestionador. Lo cierto es que a medida que uno se conecta al ritmo trepidante, a pesar del tono mesurado, comprende que la verdadera historia no tendrá el final acorde con lo supuesto; es decir, la resolución detallada de un caso criminal anunciado o sugerido a inicios de la novela.

A ello contribuyen los que la cuentan: el narrador como tal, y el hermano del protagonista. El segundo más vinculado emotivamente con Wade que el primero, aunque evidencia una diferencia personal en cuanto a asumir posturas y reacciones que casi lo sitúan al mismo nivel que el autor, cuando se trata de describir o relatar. Sin embargo, el propio espacio de la novela, el crudo invierno del estado norteño, se añade a la consabida intriga que en gran parte de las casi 400 páginas aparece como leit motiv.

¿Por qué Aflicción debía tener una versión en cine? Simple, porque está narrada en un estilo cinematográfico, en el que cobran particular fuerza dramática los pasajes descriptivos de la naturaleza que rodea a Lawrod, las escenas cerca del río Minuit y de Parker Mountain. Y aunque muchos comportamientos y caracteres se sugieren derivados del discurso, ahí están los excelentes diálogos, algunos de los cuales, por su contención y exactitud, remedan fragmentos verdaderamente teatrales. Como una muy valorada pieza del llamado cine independiente norteamericano, aquí no abundan los cortes directos, los conflictos estándares, y por ende, su solución convencional. Se trata de una historia que precisa de un tiempo para contarse; no obstante, en esa progresión lenta se están dando claves muy sutiles para comprender el contenido. Quizá sea debido a esto la sorpresa de un final abierto, sorprendente, porque como toda obra verosímil deja en el lector no el persistente intento de poner en entredicho el matiz autobiográfico, sino la aparente y sempiterna duda de si lo leído es pura ficción o el pormenorizado relato de un hecho real.

viernes, agosto 08, 2008

Aceitunas desde el otro lado del océano

En 1985 el abuelo Juan viajó a las Islas Canarias tras casi 70 años de ausencia del lugar donde nació. Estuvo por varios sitios antaño conocidos y se reencontró con varios familiares de los que de vez en cuando tenía noticias. Cuando regresó al Caribe nosotros, de alguna manera, nos re-conectamos con el mundo. El primer encuentro había ocurrido en el 79, cuando varios familiares llegaron desde New Jersey, llenos de un aroma desconocido y contagioso.

Desde aquella vez, todos los paquetes y envíos que arribaban desde el territorio norteamericano se anunciaban con aquel olor. Más que descubrir objetos extraños, tejidos que a diferencia del laster que vendían por todos lados, no quemaban la epidermis, sino que se amoldaban con suavidad como una segunda piel, lo que más atraía era aquel perfume que impregnaba las maletas y luego todas las habitaciones.

Con el abuelo y su acompañante, un primo de esos que aparecen y luego vuelven a perderse en un recuerdo brumoso, también vinieron aparatos desconocidos y fragancias del otro lado del mundo. Recuerdo una polaroide que rápidamente adquirió poderes místicos, gracias a ese milagro de revelar las imágenes poco tiempo después de haber apretado el obturador.

Sin embargo, lo extraordinario fueron unos saquitos de aceitunas que el abuelo trajo en grandes cantidades, quizás deseoso de compartir un sabor tan ligado a su vida y tan difícil de replicar en la Cuba de los 80. Para los que en la familia habíamos nacido en la década anterior nos era totalmente desconocido.

La aceituna, pensaba, parecía la referencia perfecta para el archipiélago canario. La asociaba con el sabor de la tierra, aunque sabía que los olivares definían de cierto modo a la costa sur de Europa, y que las islas estaban más cerca de África que del Mediterráneo.

Así y todo, cada mordisco era una puerta que se abría a un mundo de sabores desconocidos, los que yo era incapaz de identificar a falta de referentes. Recuerdo que devoré un saquito entero, casi con la misma fascinación con que me comí muchos años antes el primer Peter de chocolate.

Me asombraba todo. Ignorante yo del marketing y la publicidad, el diseño de la marca me parecía renovador y la habilidad de los fabricantes sencillamente genial. Máxime si habían logrado concebir un paquete de nylon que, además de contener las aceitunas en salmuera, aparentaba estar a prueba de golpes y perforaciones.

Luego de aquel año 85 hubo más encuentros con las frutas del olivo. Mucho tiempo después eran la evidencia de que existía un mundo más allá de las fronteras de la isla. Estaba vedado para la gran mayoría, pero quien poseía dólares, podía ilusionarse con que lo tendría más cerca.

Sólo que en aquel tiempo había tanta necesidad de hacerse de productos también habituales en el resto del planeta, que un pomo de rellenas de pimiento a veces parecía imposible. Seguía allí, en el estante, burlándose de quienes entraban en las tiendas a toda velocidad, con la esperanza de acaparar todo el jabón y el aceite.

Semanas atrás, durante la compra semanal del supermercado, me tropecé con uno de aquellos saquitos reveladores de los 80. Uno de ellos fue a parar al carrito de la compra, aunque la expectativa no era muy grande. Entre verdes inmensas, negras, rellenas de queso feta, de ajo, picantes y un largo etcétera, la variedad de aceitunas que he comido me impiden quedarme con un sabor determinado.

Pero como uno no está vacunado contra las sorpresas, las del saquito increíblemente me trajeron a la memoria el recuerdo del descubrimiento y el sabor también indescriptible de una experiencia de adolescente.

lunes, julio 21, 2008

Adiós a los libros

Mi más reciente encuentro con una de mis tutoras de tesis, fue quizás el último que haremos en su oficina. El lugar daba una imagen muy diferente de lo que era cuando nos conocimos en diciembre de 2005. Unas grandes cajas de cartón evidenciaban la inminente mudanza. Mi profesora se retira y la gran cantidad de títulos que cubrían dos paredes laterales se van con ella, o van a ser vendidos.

Las miradas que a cada rato les dirigía a los casi 400 volúmenes resumían lo que representaban para ella, y puede que el dolor que implica dejarlos. De algún modo son la síntesis de una larga carrera académica y referentes de una vida.

Las cajas y los cartelitos de “para venderse” deben haber impulsado nuestra conversación sobre los libros durante los primeros minutos del encuentro. Otra académica amiga, también presente, comentó que nunca se deshace de los suyos, por la misma razón por la que tampoco rompe o tira a la basura las fotos viejas.

¿Y qué hacer, pensé, cuando uno tiene que salir de pronto y dejar tras de sí una importante biblioteca personal? Cuando pregunté, me miraron con expresión comprensiva, pero sólo estaba refiriéndome a una posibilidad, o sea, no estaba mostrándome particularmente dramático.

Desde hace mucho considero al libro como un compañero de viaje y de aventuras. Así, en su formato tradicional, pues no me acostumbro a leer en la pantalla de una computadora, aunque tenga que hacerlo a diario. Sabemos de sobra que hay ejercicios cotidianos que realizamos cada día, sin que por eso mostremos una satisfacción extraordinaria. Por ejemplo, ¿hay algo más aburrido que lavar los platos?

Quizás sí, pero volviendo a los volúmenes que van a desaparecer, no pude evitar una vuelta a mi colección, a los tantos que acumulé con la esperanza de tener algún día una habitación lo suficientemente grande como para que cupieran todos. Sin embargo, el problema del espacio en Cuba es casi proporcional a las dimensiones de la isla en un planisferio. Por alguna razón geográfica, mi país resulta estrecho, aunque el tema de la estrechez y su relación con la isla caribeña siempre sugiera más asociaciones.

Nunca he podido tener un estante decoroso, no ya uno sensacional y casi agonizante como el de mi profesora. Casi todos los libros que logré comprar en las librerías de segunda mano en La Habana o en las tardes de subastas, pasaron a ocupar, luego de leerlos, el poco espacio que les daban unas cajas de cartón guardadas debajo de la cama. Fue durante los años en los que apenas se imprimían textos, así que las ediciones anteriores se reciclaban o adquirían el status de reliquia y como tal comenzaban a venderse.

La primera y única vez que participé en una de aquellos remates logramos hacernos de un viejo ejemplar de La Peste de Albert Camus, por algo más de 40 pesos. Todavía esa cifra en La Habana de 1991 era todo un presupuesto, que cubría los gastos de un mes en la vida de un estudiante universitario. Tal vez nadie imaginó que en las siguientes subastas la cantidad sonaría ridícula, comparada con lo que estaban dispuestos a pagar por textos religiosos quienes pujaban.

Supongo que mi tutora haya adquirido sus títulos con menos problemas, aunque ello no quite que le sea difícil empacarlos y decidir su suerte. Sin embargo, presumo que también muchos hayan sido un mero apoyo a su labor investigativa de más de 30 años, es decir, bibliografía básica y de referencia.

Esto de la suerte de las bibliotecas personales no me recuerda tanto a la mía, cuyos ejemplares quedaron cualquiera sabe dónde, sino a la de cierta ex trabajadora del MINED*, a quien descubrí en medio de una operación de abandono a principios de los 90.

Revisaba yo lo que vendía un librero semiclandestino en Santa Clara, cuando me pareció escuchar una voz familiar. “¿Y usted compra todo tipo de literatura?” El vendedor, tal vez previendo un lote de incunables respondió que sí, esperanzado. “Porque yo tengo una cantidad de libros de Marx, Engels y Lenin, que para qué los quiero”. Cuando me viré, reconocí a una de las integrantes de la cátedra de Marxismo de mi antigua Escuela Vocacional.

Hoy, al cabo del tiempo, la escena me parece demasiado apresurada para la época. Corría el año 91, puede que ya no existiera la Unión Soviética; sin embargo, por la velocidad con que algunos tomaban ciertas decisiones, era un tanto difícil evitar una especie de shock.

*MINED – Ministerio de Educación en Cuba

jueves, mayo 29, 2008

Londres, ciudad violenta.

Sucede así, inesperadamente, como muchas cosas en la gran ciudad. Es un día cualquiera, un fin de semana en que decidimos, como de costumbre, encontrarnos con quienes nos quieren y a quienes queremos. Mayo está por terminar y hasta que no llegue el próximo mes el estado de las finanzas no va a mejorar, aunque esta mejoría no tenga mucho que ver con credit crunch y las demás predicciones espeluznantes de la bolsa.

De repente, los amigos y yo desistimos de jugar a ser teóricos de la economía mundial, sólo deseamos vernos, conversar, ahora que el verano todavía es una promesa en las islas británicas, pues luego de unos contados días de sol, el panorama ha vuelto a tornarse invernal y lluvioso.

Se busca un sitio donde montar el campamento, hacer tiempo para un café y una cuña de cake que casi acabará con las reservas del monedero. Por desgracia, están al cerrar en la Tate Modern y el encuentro, aún breve, tiene que moverse de escenario. ¿Qué hacer? Alguien sugiere el Royal Festival Hall y su enorme lobby recién inaugurado, recién amueblado, un espacioso dominio donde, por suerte, no hace falta consumir, no es preciso verificar con acciones por qué esta ciudad está entre las más caras del mundo.

Una vez allí organizamos el tradicional asedio de una mesa lo suficientemente grande como para acomodar a seis. En unos minutos comenzará el concierto de la sala principal y el inmenso salón bulle de actividad. Aparece, por fin, la mesa. Ahora charlamos, comentamos sobre esta película que no hemos ido a ver, miramos de vez en cuando hacia las esquinas o hacia las ventanas, pensando en la necesidad de una mejor tarde para un paseo por la margen sur del Támesis.

Y justo ahí, mientras se planea otra salida en grupo, alguien advierte que su bolso no está donde lo había dejado, aquí mismo, en el suelo, entre sus piernas.

La acción entonces cambia a una búsqueda rápida, se descarta lo más evidente, se piensa en todos los sitios donde hemos estado. Los recorremos mentalmente, el trayecto finaliza rápido. La certeza resulta aplastante: Nos han robado el bolso.

Reportamos a la seguridad del edificio, a la policía, hay que cancelar tarjetas de banco, pedir indicaciones. Hace un momento el día parecía gris y hasta aburrido, a partir de ahora es sinónimo de pesadumbre. Este domingo dejará de ser uno cualquiera. Ya en nuestra memoria particular se marcará como el día en que descubrimos que, además de inmensa, peculiar y por momentos habitable, Londres es también una ciudad violenta.