jueves, junio 19, 2014

Por otros veinte años


Aula Magna, Universidad de La Habana
Hace veinte años estoy en La Habana, en una ocasión que en ningún momento me parece definitoria, aunque simule estar cargada de significados y relevancias, como todo un manifiesto. Sé que la voy a tomar sin mucho dramatismo, como si me pareciera banal y cotidiana. Hasta la puedo sentir, se trata de un acto más bien mortificante, como esta propensión personal a la transpiración exagerada, en una tarde de julio, a esta hora en la que a algún fanático del aire acondicionado se le ha ocurrido oficializar como la más propicia para una graduación universitaria. Sin embargo, yo continúo en la negación, en la desconfianza ante lo que antaño parecía definitivo. ¿Acaso no es esa la mejor conclusión atribuible al acontecer de los últimos cinco años?

Me canso en La Habana de 1994 que comienza a sonar masivamente a timba, aunque por momentos se escuchen también, como en nuestro ya antiguo piso de F y 3ra, melodías de Joaquín Sabina, tras su viaje reciente a la isla y presentación en el Karl Marx, que lo han tornado omnipresente y conocido, súmmum de la creatividad. Y yo me lo perdí, como dejé pasar las experiencias de los dos meses transcurridos desde de que abandoné la capital para una larga temporada de descanso en Santa Clara. Allá las distancias son menores y las carencias se dirimen en familia, en la casa pequeña y malhecha que todavía va a resistir dos ¿o tres? huracanes de gran intensidad. Solo sabía que debía dejar el panorama habanero, las tardes de incertidumbre y paseos de La Rampa al Chaplin para consolarnos ante la recreación grandiosa de algún contexto poco familiar, de la mano de un Antonioni, un Bergman, un Fellini, un Chabrol o el más tierno Ettore Scola. La Habana de entonces se identificaba con caminatas, un ir de aquí para allá en la finita y protectora geografía del Vedado. Más allá solo asomaba el horizonte sinónimo de más cansancio, la imposibilidad de un previsible retorno, porque a determinada hora los escasos vehículos que rodaban por las calles podían desparecer, o esas mismas calles podían perder sus contornos, luego de que las pocas farolas que alumbraban las fronteras del espacio se apagaran inesperadamente.

No es nostalgia, me convenzo en esa tarde del 94, subiendo por H en dirección a La Colina, inspeccionando la acera para descartar los tramos con la menor porción de sombra. Y ya mi camisa de estreno amenaza con pegarse a la espalda, primer síntoma del desconsuelo que precede al tedio. Es eso, el puro agotamiento ante la ocasión que completa el lustro de mi historia íntima de amor-odio con la ciudad. Al final ella es solamente un espacio exagerado por las vivencias, los amigos y la casualidad que no existe fuera de esas referencias personales. Caramba, ¿por qué no habríamos coincidido en otro punto urbano del planeta? ¿París, Buenos Aires...? hasta Leningrado, vaya, aunque en ese año ya no se le llame así, con esa aparentemente superada nomenclatura. No es nostalgia, repito, las memorias solo pueden evocarse desde lo pacífico-apacible, no desde el cansancio.

Y yo sigo agotado, aunque indeciso entre sentarme a descansar en algún banco de los del Parque de 21, pues puede que por allí ronde el fantasma de alguna conversación pendiente y quedaron amigos de los que no pude despedirme cara a cara, por nada, por agotamiento, por no creer en la solemnidad. Igual nos vamos a reencontrar; no ese año, no el siguiente, sino en diciembre del 95 en Festival de Cine, en el inicio de las desapariciones. Será como una fotografía colectiva en la que, como en un collage pop-art, ciertas figuras se reducirán a siluetas coloreadas de blanco, señalando así las ausencias. Y yo, todavía incrédulo, volveré para las próximas tres ediciones hasta que el desánimo se convierta en total aburrimiento y entonces regresar al Festival carezca de sentido, ni siquiera quedarán los faranduleros habituales.

Pero todavía es el incipiente verano del 94 y la acción de recoger, ¡en el Aula Magna!, un título enrollado ha bastado para superar nuevamente esa llamada Autopista que acelera –dicen- el trayecto entre el centro del país y la capital. Y allá voy, transpirando, incapaz de recordar, sin ninguna expectativa por el futuro. No obstante, me va a ser difícil digerir las noticias del próximo mes, esas de compatriotas también sudorosos, amnésicos y desesperados que se lanzarán al mar. Pero las imágenes que acompañarán tales sucesos no las veré hasta años después en un documental español nominado a un Oscar, así que ahora tampoco tiene sentido evocarlas.

Paso por la Facultad de Biología con el único anhelo de que amaine el calor. A esta hora estaría tumbado en el piso de la sala de mi casa, adormecido por la brisa que envuelve a mi barrio también decepcionado, avergonzado por tanta degradación visible tras los años críticos.  Él, que en los años 80 se tenía como emprendedor y futurista, ahora tiembla de pudor cuando alcanza a escuchar que lo caracterizan como semi-marginal. Es lo que yo digo: crisis total de representación, modelo aspiracional de sociedad en franca contraposición con la realidad, aunque claro, en el 94, en las cercanías del Aula Magna, casi nadie habla en esos términos, si acaso alguien aludirá a "La Simulación", como si se tratara de una certeza colectiva.

Es solo un grupo, dirían en aquella época y dirán en el futuro, para tratar de restarle importancia y hasta a mí, que trato de disminuir la relevancia del acto en sí, me desconcierta mi esfuerzo por terminar de una vez con este capítulo personal. Aunque es difícil, sobre todo por ese arrogante sentimiento juvenil de aspirar a la trascendencia. “Ninguna expectativa, nada de intentar cambiar las cosas”, me ha aconsejado un amigo ante la proximidad de septiembre, ese comienzo señalado de lo laboral. Sin embargo, previo al paseo ceremonial alguien nos ha reunido frente al recinto y escuchamos a una colega –entonces condiscípula- leer un texto emancipador y animista. Respiro, en medio del cansancio, voy a registrar ese momento como primordial. Luego entraré, esperaré mi turno y recogeré mi título de manos –menos mal- de una de las profesoras más éticas y consecuentes de todo el claustro. Alguien tira fotos. Aparezco en un grupo de los que se forman espontáneamente en ocasiones como esa, aunque no me reconoceré hasta una década después, cuando la fotografía aparezca, reducida en formato digital, en la pantalla de una computadora del Graduate Centre de la Universidad de Cardiff.

Tampoco en 1994 habré escuchado de la capital galesa o de la posibilidad de viajar y establecerme fuera de nuestra isla del Caribe. Lo segundo creo haberlo debatido con otros más decididos a tal empresa, en algunas tardes de Facultad, justo meses antes de ese julio, cuando todos andan en los trajines de escribir sus tesis de grado y las conversaciones son esporádicas, casi tanto como las de esa tarde del 94 cuando algunos hemos comenzado lentamente a despedirnos. Sin embargo, no son despedidas clásicas, sino más bien señales que marcan el fin de un hasta ahora espacio común. La mayoría nos reencontraremos pronto en ocasionales viajes a aburridos “eventos del sector”; otros nos escribiremos cartas, otros usaremos el teléfono hasta que la Revolución Digital, con su habitual atraso en el terreno insular, desbarate la rutina de la distancia y nos acerque, próximos ya a la primera década tras ese julio de 1994 en el cual, casi por milagro, he dejado misteriosamente de sudar.

Ha terminado la ceremonia y como si se tratara de una profecía del por entonces también célebre Nostradamus, nos hemos dispersado. Yo regreso a un trayecto conocido: de la casa de Tía Lola en Línea y D a recorrer la distancia desde allí a la consabida Terminal de Ómnibus. Más de 260 kilómetros después estaré dispuesto por fin a descansar. El futuro podrá esperar, máxime cuando en el próximo mes los acontecimientos nacionales despojarán a esa palabra de toda referencia a una mejoría. Tal parece que después de 1994 solo existirá el pasado, ya sea como contexto para las memorias o como espacio para la reinvención constante. Llegará el 2000, nuestro umbral generacional y hasta puede que nos sintamos totalmente engañados y aunque ya ni importe, algunos se preguntarán por el destino de aquellas promesas colectivas asociadas con la fecha. Lo único cierto es que vendrá otro julio caluroso, otro mes que se resumirá para mí en transpiración y cortas estancias fuera del aire acondicionado. El título de Licenciado en Periodismo, desenrollado y frágil, permanecerá en una gaveta hasta que lo requieran diez años más tarde para otro trámite oficial del otro lado del Atlántico.

martes, febrero 25, 2014

La memoria afilada

( Kitchen knives' store Kappa-Bashi Kamata Hakensha
at Kappabashi-dori, Matsugaya, Taito,
)
Abuela María pronunciaba siempre una frase intimidatoria cada vez que, de pequeños, nos acercábamos demasiado a los cuchillos. “El Diablo anda suelto”, decía, para que uno asociara inmediatamente la cercanía de los objetos con la presencia espeluznante de Satán. Aunque a decir verdad, nadie me había alertado mucho sobre tal ser todopoderoso al que debía temer, o sobre cuáles eran sus características o las horas más propicias para sus apariciones.

Eso sí, desde la corta distancia que abarcaba el campo visual, todavía con minúsculos pedazos de cáscaras de plátanos, láminas de cebolla o ensangrentados en las ocasiones cuando aun repartían la carne de la cuota, los cuchillos mantenían una aureola de misterio y fascinación. Tal vez por la reacción que provocaban en los mayores cuando uno los tomaba por el mango y los alzaba con un ademán de curiosidad, en un breve e ingenuo acercamiento a las potencialidades del poder.

La fascinación venía también de la variedad de armas blancas que ilustraban el Pequeño Larousse, cuya edición a finales de los 70 fue tan popular entre los escolares cubanos. Junto a dibujos conocidos como los de la espada y el puñal, aparecían otros tan exóticos como el alfanje y el yatagán. Además, en los espacios televisivos de finales de aquella época, series tan populares como "La máscara roja", "Enrique de Lagardere", "El prisionero de Zenda", "El hombre de la máscara de hierro", "El halcón" y "El águila", las armas blancas, verdaderas y de atrezzo, adquirían un rol casi protagónico en innumerables escenas de combates y trifulcas.

Los artefactos filosos ocuparon gran parte de los cuentos que escuché en la escuela primaria, gracias a la fértil imaginación de un compañero a quien todos llamábamos Toñito. Su padre (¿o era su tío?) cumplía condena en alguna prisión del centro de la isla. Nuestro precoz narrador poseía un amplio repertorio de historias en las que siempre aparecía un “pérfido cortante”, ya fuera un punzón o una trabajada cuchara de aluminio que tras rasparse repetidamente contra la mampostería, adquiría el filo necesario para herir la piel humana.
(c) Pinterest

En el ámbito doméstico, los cuchillos de cocina, lo más semejante a las sanguinarias armas de la TV, distaban mucho de ser objetos decorativos. Aquellos hogares que lograron acaparar los mejores utensilios producidos en los 50 y quizás antes del 68, tal vez podían darse el lujo de contar con herramientas vistosas. Sin embargo, una gran parte de los cubanos, teníamos que lidiar con instrumentos salidos de la siempre inagotable inventiva criolla, que al final cumplían su función elemental del corte, pero que no garantizaban un amplio catálogo operacional.

Quizá por eso en casa envidiaban la colección de Pepe, el casillero. Sus verdaderos portentos de hoja afilada y brillante tasajeaban lo mismo el filete que la piltrafa y hasta los cartílagos más resistentes, sin mencionar que, accionados por el potente brazo de su dueño, tampoco creían mucho en la consistencia de los huesos e igual los cercenaban como el serrucho a la madera. Los cuchillos de casa, además de padecer una evidente crisis de identidad (no sabrían definirse como cuchillos o mini-machetes), sobresalían por su confección tosca, por el oscuro material de la hoja carente de letreros a lo Stainless Steel, garantía de calidad, y por el cabo rústico de madera, ajustado por remaches también criollos.

Con todo este preámbulo, no hay que sorprenderse de que mi madre, por ejemplo, celebrara los cuchillos de Marina (la esposa de mi primo), en especial uno de hoja fina y cabo blanco, comprado en algún establecimiento de Frunze, en la antigua RSS de Kirguizia. Aquella maravilla de las últimas producciones del campo socialista, garantizaba el éxito en cualquier cocina. Por eso cuando en 1990, Marina visitó por última vez su tierra natal, mamá solo le pidió que le trajera de regalo un cuchillo tan eficiente como aquel. Ambas, por un momento, puede que por la poca experiencia en viajes de avión, olvidaron las estrictas normas del equipaje para vuelos transatlánticos que impedían el transporte de armas blancas. Y tal regalo nunca llegó a materializarse, también debido a cierta superstición del Asia Central donde viajar con semejantes instrumentos presagiaba mala suerte.

En los inicios de las Shoppings, cuando aparecieron productos de dudosa calidad otrora extinguidos y los nacionales vivimos brevemente la ilusión de una oferta variada, descubrí en una limitada sección de ferretería, un juego de cuchillos. Empaquetados en una caja transparente y dispuestos como si se tratara de un juguete para niños, me llamaron la atención. Decidí entonces invertir parte de mi salario, como aún hoy hacen muchos compatriotas, en llevarme una de aquellas cajas con 5 utensilios cortantes, dignos de todo un chef, según se leía en algún lugar del envoltorio, no lejos del Made in China.

Sin embargo, aquellos relucientes y dolarizados implementos no duraron mucho. El mismo día de su estreno, mi hermano se apareció con unas tilapias recién compradas al pescador del barrio y escogió, para filetearlas, uno de los cuchillos de la caja, el de hoja cuadrada y ancha, tan familiar en los restaurantes asiáticos. Bastaron dos o tres golpes contundentes para que cabo y hoja se despegaran como si nunca hubieran formado parte de una sola herramienta. Igual o peor suerte corrieron los demás integrantes del conjunto que previamente algún empleado del Ministerio de Comercio Interior de Cuba había valorado en 5 CUC.

En Londres, vigilantes desde los anaqueles de los supermercados o en las súper ordenadas tiendas de cocina, la diversidad de cuchillos pone a prueba cualquier amplia colección de memorias sobre similares implementos originados en la isla en los años 70. Como en todos los destinos en los que la variedad se valora y tasa, los hay para innumerables usos y operaciones de corte y troceado. Por desgracia, muchos terminan en los bolsillos de adolescentes pandilleros y sirven para zanjar las más estúpidas discusiones en esos barrios donde los inadaptados se pelean por nimiedades y distorsionan los significados de lealtad, orgullo y valor. Y aunque hoy abundan restricciones para la venta, del mismo modo que para el expendio de alcohol, a cada rato aparecen noticias sobre jóvenes apuñalados, narradas con tantos detalles que convencerían a mi abuela de la imposibilidad eterna para volver a apresar al Diablo.

Caminando por las calles de Viena, me he topado con vidrieras de tiendas especializadas en cuchillos. Allí, a la vista de turistas y locales, se exhiben desde profesionales utensilios de cocinas, navajas suizas o de marcas no tan populares, hasta curiosos ejemplares cortantes, especiales para la caza o la pesca. Mi primera reacción siempre es de sorpresa, aunque por unos breves momentos vuelva con curiosidad infantil a los oxidados cuchillos de mi infancia. Sin embargo, basta una inspección más detallada a las muestras en exhibición para comprobar que la variedad es más un alarde exhibicionista que un signo de cuántas ventas se logran. En muchas de las piezas a la vista sobresale el polvo acumulado por los años que llevan colgadas, observando la vida que se mueve del otro lado del cristal en la antigua capital del Imperio Austro-Húngaro.


Otra inspección rápida a estos escaparates de cristal y una investigación no menos breve, bastan para comprobar la antigüedad de los productos en muestra. Algunas marcas ya se fabricaban desde el siglo XIX. De modo que siempre pienso, tal vez con la misma aprehensión antigua acerca de la posibilidad de un demonio al acecho, que en los años 70 los niños austríacos tendrían una relación diferente con los cuchillos.

sábado, diciembre 21, 2013

Aquellos parques del Vedado

A inicios de los 90, el mundo se reducía a las calles y casas del Vedado. Pero la atracción del barrio no se debía únicamente a la limpieza del entorno, los árboles “de boliches verdes”, como decía Carlos Varela, o la aparente tranquilidad que envolvía a aquellas villas y palacetes, casi siempre sedes de embajadas o residencias diplomáticas.

En realidad, apenas nos movíamos fuera de un trayecto conocido: Fy3ra-Facultad-Biblioteca Central o Nacional, durante la semana o paseos a todo lo largo de Línea, G o 23, rumbo a las tandas de Cinemateca en el cine La Rampa. Para aventurarse hacia lo desconocido hacía falta una motivación enorme. Eran los años del escasísimo transporte público, de los ruteros y el incipiente camello. Alamar, La Lisa, Regla eran viajes que se nos antojaban imposibles. Cuando escuchábamos los relatos de condiscípulos que habitaban esas y otras zonas tan alejadas de nuestro centro habanero, sitios como Santa Fe o Cojímar, que se atrevían a diario a viajes de ida y regreso hacia tales destino, me sentía con deseos de llamarlos héroes.

Nunca, pensaba yo, podría aspirar a tal heroicidad. En la lucha diaria contra la desidia y el peso enorme de la incertidumbre, desnutridos como estábamos, el agotamiento no era una reacción lógica del cuerpo a los estímulos exteriores, sino más bien un efecto secundario. Se trataba de una condición permanente, como si uno siempre estuviera cansado. Por eso los parques del Vedado, con sus bancos desolados y sus árboles todavía verdes, aparecían como el mejor sitio para el descanso. Allí llegábamos tras largas sesiones de caminata que serían impensables en la década anterior, pues todavía existían rutas de guaguas para tales trayectos cortos que se extinguirían en los años siguientes.
(c) Somos Jóvenes
De todos los espacios verdes prefería el de 21 y H. A pesar de la cercanía con calles bulliciosas, repletas de transeúntes, en la manzana que cubría el parque siempre reinaba la tranquilidad. Así lo preferíamos también muchos colegas de la Facultad de G y 23, las veces en que faltaba algún profesor o en las tardes después de clases.

En los bancos del parque tuvimos conversaciones memorables sobre literatura, cine, actitudes necesarias para la supervivencia, estrategias para escapar de la banalidad o posibilidades de reclamar el futuro. A veces pensaba que nos movíamos dentro de burbujas, como un método personal para evitar el colapso. Parecía que con las escaseces la gente perdía a diario las esperanzas, en un agotador proceso que erosionaba lentamente la hasta ese momento salvadora colectividad, aunque el discurso oficial se afanaba en rescatarla, apelando a simples mensajes televisivos que equiparaban patria con familia.

Sin embargo, cuando uno entraba en las inmediaciones del parque de 21 y H, la burbuja personal cedía ante la proximidad de un espacio protegido. Al menos así lo entendíamos unos pocos, tal vez porque los encuentros allí nunca terminaron en experiencias desagradables. Afuera la ciudad y sus habitantes se desesperaban, se desvanecían gradualmente o de un golpe con la fatalidad de un derrumbe. Algunos parques también desaparecían cuando sus bancos perdían los travesaños de madera o sus asientos de mármol o concreto.

El de 21 y H sobrevivió a los desastres cotidianos y a la contagiosa propensión de lo demás en convertirse en ruinas. Yo dejé La Habana a inicios del verano de 1994, unos meses antes del Maleconazo. Volví un año después y repetí en los siguientes diciembres con motivo del Festival de Cine hasta que desistí. Cada visita al evento habanero se podía traducir como la dolorosa evidencia de que la ciudad iba perdiendo, primero los rostros entrañables y luego, los conocidos. Hasta las caras habituales de la farándula cinematográfica habanera cambiaban de un año a otro.

Volví al parque en el verano del 2001. Allí, en uno de aquellos bancos, me encontré con mi amiga Katherine luego de siete años sin vernos. Terminamos en el parque casi por accidente, tras una caminata desde su antiguo apartamento de solar en Cayo Hueso hasta los paisajes antaño frecuentados cerca de la Facultad. Ella ahora vivía en Suiza y desde nuestra graduación no habíamos tenido oportunidad de vernos cara a cara. Un banco de aquellos sirvió para descansar y continuar con nuestro diálogo de ponernos al día.

En medio de la conversación, se nos aproximó un hombre de mediana edad, en el que ni siquiera habíamos reparado. Por un instante supuse que nos pediría algo, aunque mi amiga distaba de la pretendida clásica imagen de alguien llegado “de afuera”. Sin embargo, cuando llegó junto a nosotros solo admitió haber estado espiándonos desde la esquina. “Yo vengo todos los días a esta hora a sentarme en ese banco, pero al verlos a ustedes conversar con tanto entusiasmo, se los voy a dejar hoy”. 

Cuando pienso en aquella tarde, post-desastre, estoy seguro de que nunca le agradecimos lo suficiente. Luego yo abandoné la isla, regresé ocho años después, pero apenas estuve unas horas en La Habana antes de tomar el avión de vuelta a Londres. En junio del 2012 hacía mucho calor y de haber tenido tiempo, la sombra de los árboles de 21 y H tal vez habría ayudado a sopesar las fatigas del regreso, la inclemencia solar del trópico. De cualquier modo hoy ya sé que esa manzana en medio del Vedado, como toda la zona que conforman las fronteras de la mayor isla del Caribe, solo existe en mi memoria.

sábado, abril 20, 2013

The untold stories of food and nutrition in Cuba’s Special Period


(c) Conexion Cubana
Poverty food diet was one of the phrases used to highlight the results of a study recently published in the British Medical Journal (BMJ), which detailed how Cubans shed an average of 5.5 Kg in weight during five years and allegedly became healthier. Participants from the central-southern city of Cienfuegos were sampled and monitored during a period when they ate less meat, walked and cycled everywhere and as a result rates of cardiovascular disease and diabetes were lowered. To the West and Britain, such achievements look like a model to be imitated.

The five years of results coincided with the economic crisis of the early 1990s, labelled “A Special Period in Peacetime” by the Cuban government. As the study was also commented on and celebrated in the British and Spanish press, Cubans on the island and its diaspora turned to the social media to vent their anger and disbelief. Many questioned the findings, but others just could not comprehend how the difficulties of an imposed lifestyle could be taken as a recipe for health improvement.

Some friends seized the controversial moment to post old pictures from 1993-1994, the acutest years of the Special Period. Just looking at those elongated faces, pale and hollow, seems enough to evoke the painful memories of those long months. For many of my former colleagues at the University of Havana, their photos hardly document a healthy period. “Are you ill?” was a recurrent question many were confronted with during the weeks they were forced to train as soldiers, as if they had been drafted into the army. University students in Cuba had to serve in military units before graduation as part of their preparation to defend the homeland in the event of an American invasion, which after the collapse of East-European socialism was always “imminent”.

Based on the BMJ study, it would not be only extremely sarcastic but also downright cruel to affirm that my colleagues had never been healthier than in those days. Of course they experienced hunger, as the rest of the population, but owing to a national dictum of self-determination, many hoped for the best and buried their personal accounts of malnourishment.

Then, years later, food production was slowly recovering and stories about the Special Period gave way to those illustrating the increasing contrasts of post-soviet Cuba. My colleagues, like many young educated nationals, fled the country and ended up in the most unimaginable corners of the globe, where food was abundant and varied, and health choices did not depend upon an overbearing nanny state. Food recollections were left for sporadic reunions when the difficult years were remembered briefly as a validation for solidarity or friendship.

On a hot humid afternoon in May 1994, while sipping a drink made out of vanilla extract, my friend Martha summarised, in a prophetic manner, the future of our memory of those days. “Can you imagine”, uttered the dejected twenty year-old journalism student, “that we would have to call each other to verify our anecdotes of this period, because nobody is going to believe us!” And she was right. Not many people know that the stories of food scarcity in Cuba are not just a consequence of how little it was reported in the global press. It is also because we did not tell those stories. As though there was a sort of embarrassment attached to the act of remembering that had more to do with private attitudes rather than with the state’s responsibility, Cubans suppressed those shameful memories.

In the summer of 1994 there were riots in El Malecon that prompted the Balseros crisis and 125, 000 famished Cubans left the island. Even in those difficult days of hot confrontation and macho-imbued revolutionary rhetoric, some thought that emigration would have a positive effect in the distribution system and that those who remained would be rewarded with increased rations.

There had not been many stories about food scarcity in the official press, (the only one available) during the Special Period. Following the traditional dissemination of positive images instead of those reflecting the harsh reality, Cuban news programmes showed endless reports of food production, record-breaking farmers who took enormous pride in being portrayed as heroes rescuing almost extinguished food and vegetables. A popular joke at the time suggested going shopping on the 8 o’clock news, because that was the only place where groceries could be seen.

Cubans had not been used to seeing themselves as hungry or poor. Those who had lived through the 1980s, a decade of relative prosperity if compared with the previous ones, were accustomed to associate pictures of starvation with the faraway lands of the Horn of Africa. Few compared themselves with images seen in philanthropic video-clips such as We Are theWorld. It seemed an impossible task, especially because after exhausting the work hours securing foodstuff, when gathered in front of the TV set, those in the privileged neighbourhoods with electricity, refused to watch more suffering on their screens. Cubans preferred the exuberant settings shown in the Brazilian soap operas, where emotional conflicts appeared more important than their daily struggle for food.

Hope came to every house in the long saga depicting the divided social worlds of Rio de Janeiro. Nothing gave more optimism than the social-climbing pursuits of Maria de Fatima, aiming to penetrate the upper echelons of a highly competitive super rich Carioca clan. Even the famously long prime time TV speeches of Fidel Castro were watched not because they would bring relief, but in the hope that, if shorter than three hours, they would show the corresponding episode of Vale Todo. Then, for about 45 minutes, the day’s problems could be forgotten.

Such escapism was preferred to having to visualize how everybody was losing weight and becoming obsessed with the recipes of the past, which were impossible to replicate due to the lack of the main ingredients. Aiming perhaps, at contrasting the success of foreign productions, Cuban dramatist were called to compete with stories of the present, but national telenovelas, such as Retablo Personal, were never very popular during those years. TV viewers simply refused to revisit their daily misery.

Food, or the lack thereof, seemed to occupy every corner in people’s mind. There were the perennial jokes about the lost dishes of Cuban cuisine, in which the national inventiveness had turned restaurants into museums. The metaphor appeared valid since food could only be found in people’s memory. The future was being turn into a collective plot for a horror movie. Rumours flourished, coupled with everyone’s ability to put on a brave face. In power circles they talked about “option zero”, supposedly the point of no return, when the struggling distribution system would have totally collapsed and meals would have to be prepared in giant communal pots in the streets. To complicate the picture, unheard-of ailments spread all over the island. An epidemic with clinical manifestations of optic and peripheral neuropathy affected more than 50, 000 people. Doctors cited an acute nutritional deficiency among its causes.

The authorities grew desperate. The obsolete centralised distribution system had been conceived for better times, as if the small Caribbean nation were an oil-rich Gulf state. With increasing fuel shortages, big cities reduced their public transport and those depending on agricultural imports were hit the hardest. Certainly, as the professional in the BMJ argued, Cubans had to opt for more eco-friendly means of transportation and a fleet of Chinese bicycles suddenly invaded the country, but Cubans lacked the ability of their Asian counterparts to utilise their bikes on a par with a lorry.

Uncertainty and despair were the predominant moods, some would say, but Cubans excelled at being creative. Food inventions were passed on like family recipes. Some were tested in the safe environment of the house kitchen, where mothers and grandmothers could validate that they were edible. That is why we had picadillo (mincemeat) made out of plantain peels, potato pizzas and fried eggs in hot water, instead of with oil. No wonder the fat intake was also reduced as the BMJ refers.

The selling of food was still illegal in the early 1990s, but adventurous street vendors managed to make a living (risking going to jail) where food was even scarcer and “scarier”. Some were caught and we learned about their inventions through notes printed in the daily Granma. There we read about a woman in Havana who used old rag mops as the main filling for her croquetas. Food substitutes as such had never entered Nitza Villapol’s imagination. By that time, the well-known Cuban food guru and TV cook had seen her show axed after more than thirty years on air. Her book Cooking in One Minute was the closest to a food bible on the Caribbean island and through its pages, especially in the reprints of the 1980s, food enthusiasts learned how to substitute ingredients in her recipes if the main ones were not available.

Granma, the main organ of Cuba’s Communist Party refused to inform us about food changes and innovations, but we could always turn to the creative country’s intelligentsia as a further reassurance of not being disappointed. Many writers filled the gap left by the official media in narrating the national history of hunger. Short stories published in cultural publications that sadly not everyone read, featured descriptions about reduced portions and long-lost desserts.

Foraging for food remained a gruelling task throughout the early 1990s and few Cubans, for example, felt the need to leave home, get on a bicycle and attend a theatre play or go to the cinema. Those who stoically maintained their cultural habits were surprised to find that food scarcity had inspired interesting pieces that could be revealingly abstract (Marianela Boan’s Fast Food) or disturbingly honest (Alberto Pedro’s Manteca). Audiences were exposed to an aesthetic of food shortage, which wanted to delve deeper and show perhaps how dehumanizing the lack of food and the increasing loss of commensality had turned everybody into a skeletal version of themselves. However, Cubans persisted in denying that vision and like, in other difficult times of the island’s history, many preferred to listen to music and dance. Timba orchestras had exploded and the salsa-dancing frenzy enabled my fellow-compatriots to burn their meagre reservoir of calories dancing to tunes with plain lyrics like Picadillo de Soya (soy mince), one of the hits of NG La Banda in its heyday.

In early 1994 the Cuban government imposed several “pro-capitalist” measures aiming to fix the country’s ailing economy. Cubans were allowed to set up small independent venues to sell food or to convert rooms in their houses into small restaurants. They were called paladares, in reference to the most followed Brazilian soap during the most “special” days of the Period. The government also legalised the possession of hard currency and gambled its future on foreign investors and joint ventures. International tourism was another priority and dozens of big 5-star hotels sprung up on the island’s coastline.

Tourists were lured in with the promise of a crumbling colonial splendour, pristine beaches and friendly hosts, but holiday brochures mentioned little about food. The booming tourist economy attracted many Cuban professionals who saw in the newly built hotels and bungalows another chance to escape their dilapidated surroundings. Tales about food imports to supply the tourist industry justified more than one career change. Then there were chambermaids who previously had worked as teachers; porters, who had been university professors and even doctors who seemed happier as taxi drivers. After many years of limited provisions, their families could experience again the joys of a full fridge and a kitchen table groaning with treats.

Hotel building rates were amazingly fast, but not everybody could be hired to work in the tourist sector. Cuban nationals were not allowed to rent a room or visit the areas limited to international visitors. The island’s main touristic hotspot, Varadero beach, was often referred as “another country” in the popular imaginary. For the rest of the population, paladares were the preferred place to sample forgotten dishes and snacks, since the state-owned cafeterias could hardly compete with the private food stalls.

When the authorities realised that vendors profited from food sales, they imposed heavy taxes and sent health inspectors to charge huge fines if the food preparation appeared to be compromised. Food poisoning cases were talked about, vox populi, because newspapers and the official media only reported extreme cases. In one of the most tragic, fourteen people died in 1999 in Manguito, Matanzas, after eating fritters mixed with a fertilizer powder mistakenly bought as flour by the paladar owner, who also ended up as a casualty. Dozens of other people were treated with symptoms of food poisoning, prompting a health scare and lots of other rumours about the possible fatal ingredient used. It was never identified in the national press; however, later that year Fidel Castro chaired a meeting with Cuban journalists and briefly mentioned “off-the-record” the case and the culprit. Such news never made it into print.

At that time visitors came in droves, staying at “luxurious” resorts separated from the difficulties of everyday life Cubans were still enduring. The Special Period had entered its first decade and there were not any official acknowledgement of such a milestone. Food was still difficult to secure for Cubans, but there was a kind of collective agreement in that the harshest days of the crisis belonged in the past. It must have been puzzling for tourists who ventured on a “budget” vacation to Cuba, to sample what locales ate.

They probably had read the tourist guide to get acquainted with social codes and customs, but after landing, the majority must have realised that the country remained a challenge. But now they could stay with a Cuban family in a casa particular, breakfast included. What they ignored was that their menus had been carefully revised to suit their tastes as some hosts could take offence if visitors rejected “Cuban food”. Tourists may had come looking for “Caribbean” similarities: spices, jerk chicken, callaloo, varieties of fish dishes, so it must had been a shock to realise that none of those foodstuffs were consumed in the larger island of the Greater Antilles.

These days some foodstuffs are easier to get on the island, provided that one can afford them. Many Cubans do not look as emaciated as their 1993 compatriots and perhaps they have come to realise that excessive body fat does not correspond to a healthy lifestyle. Two decades have passed since the authorities declared the Special Period. It seems an awful lot of time for some, especially for the millions of Cubans who have survived it and changed their attitudes to nutrition in the process, through an excruciating and delayed learning curve.

lunes, marzo 25, 2013

De paredes milagrosamente incólumes o la historia del hombre contada por sus casas


Casa de Guadalupe Cot, Placetas, Cuba.
Gracias a la maravilla del Google Earth y su exactitud al mostrar los objetos a nivel de la calle, mi jefe nos enseñó esta semana la casa donde transcurrió la mayor parte de su infancia en la ciudad canadiense de Montreal. Sorprendido por la eficacia de la herramienta digital, bastaron unos clicks para que evocara un período feliz, sin dudas. Un poco emocionado nos señaló su casa, un edificio típico de la arquitectura quebequense. “Esta es la ventana del que era mi cuarto; esta, la del de mis padres” nos dijo. Luego se movió por la pantalla y nos dio un paseo virtual por su cuadra: “Allí, frente a esa pared, jugábamos béisbol.”¡Qué increíble!, pensé, el edificio y la avenida apenas habían cambiado en poco más de cuarenta años. Desde la instantánea intemporal de la página de Google resultaba muy fácil imaginar un pasado del que aquellos edificios y calles habían sido testigos.

Es curioso cómo los inmuebles pasan a convertirse en sitios de la memoria. Lo que, a diferencia de los monumentos, construidos y diseñados para ese fin, las casas de familia adquieren el valor del recuerdo de manera espontánea con el uso que sus habitantes hacen de sus paredes y espacios un día tras otro. Como la de mi jefe, las viviendas pasan a ser lugares que guardan remembranzas y revelan pasajes importantes en la vida de quienes las habitan. Sobre todo si estos mismos habitantes se ocupan con el tiempo de narrar las historias que le acontecieron dentro de las cuatro paredes.

Luego del paseo virtual, me imaginé en el mismo rol de mi jefe, accionando la herramienta de Google para reparar en el lugar donde nací. Solo que, a diferencia de la calle de Montreal, la de mi niñez ha cambiado mucho. Tal vez sea una característica de las sociedades del Primer Mundo, esa estabilidad o instinto de conservación inmobiliario, lo que impide que las construcciones se desplomen inesperadamente, como en La Habana o agonicen tras un deterioro lento y aparente como las del resto de Cuba. A excepción quizás de Detroit, cuya decadencia ocupa más de una detallada crónica por estos días, las casas en la mayoría de las ciudades del hemisferio norte apenas mudan su aspecto exterior. Y hablo en términos generales sin ánimo de parecer definitorio, porque cada ciudad tiene sus barrios menos ilustres y aún así hay espacios dilapidados en otras partes más exclusivas. En Londres, por ejemplo, el fotógrafo Paul Talling ha compilado más de 2000 instantáneas de lugares semi-abandonados en varias zonas de la capital inglesa.

Vale aclarar que las edificaciones que persisten tampoco se mantienen invariables al paso del tiempo y a los caprichos de sus dueños. A excepción de las que se protegen por su valor patrimonial, las demás pueden conservar una fachada casi idéntica a la del año de su construcción, pero basta traspasar el umbral para darse cuenta de que el interior no guarda ninguna relación con el pasado. Eso lo descubrimos en Londres, durante los días de andar a la búsqueda de un lugar para vivir cuando esperanzados agentes inmobiliarios nos mostraban impactantes edificios de un innegable pasado esplendoroso. Sin embargo, tras pasar el portón de entrada aquellas casas señoriales se transformaban en una colección de mini-apartamentos diseñados para cumplir las más imperiosas necesidades habitacionales en el más mínimo espacio.

No dudo que en Cuba haya quien tenga semejante empeño; de hecho, muchas viviendas hoy exhiben sorprendentes ejemplos de la inventiva arquitectura criolla. Y algunas hasta se han beneficiado poco a poco, de los tímidos avances de la economía nacional y de ganancias provenientes de empresas individuales. No obstante, en la gran mayoría de calles y avenidas persisten ejemplos visuales del deterioro. Y los compatriotas se han tenido que habituar a verlos, a pasar por su lado en su accionar cotidiano, sin detenerse mucho en lo que significan. Uno termina acostumbrándose tanto que cuando se topa con otros paisajes urbanos, la experiencia suele terminar en shock. Como le ocurrió a un amigo que tras su primera caminata en Londres, acabado de llegar de un largo vuelo desde La Habana, se quejaba de “dolor de la vista”, asombrado de encontrar tan poca suciedad y eso que para algunos de otras latitudes los estándares de limpieza londinense dejan mucho que desear.

Tras la explicación de mi jefe, pensé en que quizás los pocos espectadores de su recuento anecdótico –mis colegas y yo- nos volcaríamos al Google Earth para protagonizar un ejercicio común de la memoria. Al menos imaginé tal cosa, aunque luego convine en que la definición del sitio web no es tan detallada para Cuba. Y en realidad deseaba evitar un comentario similar al de mi amiga de Glasgow que cuando le mostré algunas fotografías del pasado viaje a la isla exclamó con una dosis de incredulidad y sorpresa: ¡pero todo luce tan de Tercer Mundo! Y yo me encogería de hombros,  dándole la razón, aunque sería muy difícil explicarle tanto a ella como a mi jefe que treinta años atrás esas mismas calles del barrio aparecían más bulliciosas en el recuerdo de quienes las habitaban. Y, por supuesto, ellos mismos las comparaban con lo que habían sido en décadas anteriores, sin importar que lucieran muy devastadas en las fotografías enviadas a otros que también las habían transitado, pero que por varias razones ahora vivían muy lejos.

Iglesia Parroquial San Atanasio, Placetas, Cuba.
Supongo que con el tiempo, a no ser que ocurran milagros arquitectónicos, las casas de mi calle natal se irán desplomando, agotadas por la desidia o por la extenuante resistencia a huracanes cada vez más potentes y catastróficos. Habrá que imaginarse los inmuebles a partir de ejercicios de memoria o retazos estructurales con poderes mnemotécnicos. Hace unos años asistimos a una exposición basada en tal premisa. Mediante fragmentos: una puerta, una ventana, media pared, artefactos diversos, en los salones del Museo de Victoria y Alberto se montó una exhibición de casas del Renacimiento italiano. Telones y paneles dibujados se articulaban con las partes reales de la vivienda. Así, entre lo real y lo pintado, el visitante podía imaginarse la otrora grandiosidad del inmueble.

Quien sabe si en el futuro alguna exposición similar exhiba la historia de las casas cubanas, las huellas de la civilización y la barbarie. Mas, como es habitual en la isla, tendrán que organizarse primero muchas muestras sobre La Habana, agotarse incontables reconstrucciones del patrimonio perdido de la capital, para que alguien se interese por los espacios habitables en los que transcurrió la vida cotidiana en el resto del país.

Hoy Google Earth sirve para navegar por vistas aéreas en las que tejados color terracota son la única señal que identifica a miles de viviendas cubanas. Si se pudiera utilizar la herramienta del streetview, los interesados tal vez coincidieran con mi colega escocesa o con otra amiga alemana que en el 2005 me esperaba cada noche en la casa que compartíamos, para escuchar historias sobre la vida en Cuba, que siempre clasificaba como del anecdotario de un país en guerra, una contienda larga e incomprensible

domingo, febrero 10, 2013

La risa, ese consabido antídoto y salvavidas


Mis visitas al salón de Gëzim, mi barbero kosovar, siempre incluyen alguna conversación sobre nuestro pasado en tiempos de la Guerra Fría, cuando todavía los países del bloque socialista formaban parte de un supuesto Segundo Mundo. La denominación resultaba tan discutible como la que todavía designa a los países subdesarrollados. De cualquier manera, sobre todo hasta principios de los 90, nunca estuvimos muy claros, al menos en la isla, de cómo nos clasificaban los demás.

En poco más de dos años de visitas al Salón Arte, Gëzim y yo hemos conversado una y otra vez sobre pasadas experiencias comunes: él, en la antigua Yugoslavia; yo, en el Caribe Rojo. Nuestros intercambios, curiosamente, apenas se refieren a los líderes, sobre todo a los famosos e históricos, hoy apenas mencionados y de seguro ya parte de la acabada  Historia del Siglo XX. Alguna que otra vez hemos nombrado al tristemente célebre Enver Hoxha, pues para mi barbero, por pertenecer a la mayoría albanesa de Kosovo, la colección de anécdotas sobre el presidente de la Albania comunista le son harto conocidas.

No tengo mucha práctica en conversaciones de barberías, salvo algunas excepciones. En Cuba, a finales de los 70, en mis sesiones en el inmenso salón frente al Supermercado Luis en mi Placetas natal, mis rutinas del corte de cabello se reducían a sentarme en el sillón y esperar porque el barbero de turno acabara de recortar mi pelo, mientras conversaba con algún otro cliente conocido o con uno de sus colegas. Luego en Santa Clara, en el difunto Salón Parisién, terminé de habitual con Lorenzo hasta que este se retiró y la barbería fue clausurada poco después y añadida a las oficinas de un banco. Lorenzo conversaba según lo hiciera el cliente, aunque supongo que todos los barberos desconfiaran de mi timidez adolescente y de mis pocos deseos de chacharear sobre algunos de los temas recurrentes (baseball y misoginia), si bien debo aclarar que allí también se hablaba de lo humano y lo divino.

Mi siguiente barbero, Efrén, tampoco trababa conversación fácilmente y su espectacular habilidad con las tijeras hacía que mi tiempo en el sillón pasara volando. Teníamos, eso sí, el parco entendimiento de dos viejos conocidos, aunque a veces lo dejara rascándose la cabeza en señal de alarma, cuando le pedía algún pelado innovador o exótico. Después me adapté a pelarme con una vecina los domingos por la tarde, su único día disponible tras una semana de trabajo y labores domésticas. Luego encontré a otra peluquera unisex con la que era difícil mantenerse al margen de sus tertulias, pues en mi sesión de corte siempre me acompañaba una muy buena amiga que vivía cerca y aprovechábamos mi turno para repasar historias del barrio, la ciudad y nuestro siempre sorprendente centro laboral.

En Londres, en mi primer año, visité a un barbero chipriota de Stockwell. Recuerdo que las paredes de su salón, adornadas con fotos de George Michael, Stelios Haji-Ioannou, Peter Andre y otros famosos de su tierra o de la diáspora, contaban el devenir del negocio familiar en un barrio demasiado variopinto. En nada se parecía al espacioso salón Capello en Whitchurch Road, Cardiff, que frecuenté durante mi año de estudios en la capital galesa, en el que también describí escenas de la isla, sobre todo relacionadas con el buceo o con las imágenes paradisíacas de algún brochure turístico. Mi barbero temporal, de quien he olvidado el nombre, planeaba desembarcar en las playas cubanas como tantos compatriotas suyos.

Antes de convertirme al estilo simple, pero exacto de mi barbero kosovar, fui cliente en varias ocasiones de un atareado salón unisex cercano a la estación de Finchley Road, en el noroeste londinense, casualmente administrado por otro empresario originario de Kosovo. La relación entre la peluquería y los habitantes de la ex región autónoma yugoslava merecería una investigación aparte, pues no muy lejos de allí existe Mimosa, otro salón de belleza administrado por una albano-kosovar.

De lo que ella dialogará con sus clientes no tengo la menor idea, mas dudo que los temas de conversación ronden la vida cotidiana en los antiguos países socialistas. Y claro, aunque los cubanos nos acostumbramos a imaginar cómo se vivía allá, en realidad solo teníamos acceso a una representación más o menos aséptica de la vida cotidiana. A nos ser por medio de algún familiar o vecino allegado que hubiera estudiado o trabajo en las antiguas URSS, RDA o Checoslovaquia, las historias del Este llegaban por televisión, en dramatizados y series policiales o mediante el cinematógrafo. Lo sorprendente, sobre todo para alguien como yo, que tenía a estas naciones como el modelo de sociedad a la que algún día llegaría mi país, es comprobar como las similitudes con el nuestro sobrepasaban la política y la ideología.

Gëzim y yo hemos conversado además sobre literatura y la lengua albanesa. Le he escuchado breves charlas sobre el origen del idioma con el que los habitantes de extensas áreas en los Balcanes se han comunicado durante siglos. También hemos compartido referencias sobre Ismail Kadaré, el célebre escritor albanés. Aún no termino la lectura de El Concierto, donde Kadaré explora la relación entre Hoxha y Mao Zedong y la influencia discutible que ambos países ejercieron uno sobre el otro en la época en que eran sendos bichos raros en el desafinado concierto de las naciones de los sesenta y setenta. Sin embargo, gracias a mi barbero tengo en la lista de libros por leer a El Castillo y El general del Ejército Muerto. Hasta comenzar El Concierto, inicialmente publicado en 1988, no sabía mucho del hoy reconocido autor, salvo por el filme Abril Despedaçado, en el que Walter Salles trasladó las historias de las montañas del norte de Albania al Nordeste brasileño. Las narraciones de ajustes de cuentas, nociones familiares sobre el honor y la venganza, todavía pueden suceder, tal como lo reseñó El País hace unos meses. Sin embargo, Gëzim y yo hemos charlado poco sobre este atrasado pedazo de la geografía europea tan único y a la vez tan similar a otras atrasadas zonas de nuestro planeta.

Cada mes y medio, cuando mi cabello empieza a crecer lateral y desmesuradamente, la obligatoria visita al Art Salon me anima a pensar en la posibilidad de nuevas anécdotas. Aunque, a decir verdad, puede que el interés no sea mutuo. Para Gëzim, el capítulo de su vida socialista tiene un inicio y un final delimitados en el tiempo. Por ende, comparar los aún eventos cotidianos en una isla caribeña con su vida anterior es solo un ejercicio de su memoria, porque en su natal Kosovo el comunismo dejó de ser tal a partir de los años 90, hace ya más de dos décadas.

En nuestro último encuentro comentamos sobre un reciente programa de la BBC sobre Cuba tras lo que se ha dado en llamar “reformas económicas”. El reportaje, en el que Simon Reeve vuelve a la isla con el objetivo de conocer en qué medida ha habido una mejoría, muestra a varios nuevos emprendedores de La Habana y provincias cercanas. Amén de alegrarnos porque mis compatriotas hayan ganado algo de respiro, Gëzim y yo, cual conocedores escépticos, especulamos sobre la duración de tal apertura. “Es que la vida (-En Cuba- pensé yo) en el socialismo (añadió él) es muy difícil”. Para ejemplificarlo habló de su experiencia personal de las colas para comprar leche, harina, de las colas como rasgo fundamental de la existencia en el comunismo. ¡Y todavía los ingleses se jactan de haberlas inventado ellos!

Yo, que sé muy poco sobre la vida en la antigua Yugoslavia y que mi única referencia es el alocado retrato de los balcánicos en Montenegro de Dusan Makavejev, le comenté sobre el famoso texto de la croata Slavenka Drakulic, How we survived communism and even laughed. Le hablé de un pasaje específico del libro referido a la costumbre de la abuela de la autora de acaparar papel sanitario. Es curioso que a tantos kilómetros de distancia y sin ningún conocimiento de tal conducta, mi abuela María tenía la misma preocupación. Existía un rincón en su escaparate donde se acumulaban rollos para alguna emergencia, lo que la mayoría de las veces significaba un inesperado ingreso en un hospital.

Cuando le comenté a Gëzim que en la isla, a excepción tal vez de La Habana, durante la mayor parte de los  sesenta y ochenta, el papel higiénico era poco menos que un lujo, su reacción fue la típica de alguien que entendía muy bien de lo que yo estaba hablando. Me narró entonces cómo, casi de la misma manera que nosotros, recortaban las páginas de los periódicos para usarlas con un fin menos instructivo. “Al menos nos reíamos” –añadió para rematar, con el consabido chiste –también popular en tierras cubanas- sobre la potencial capacidad intelectual de nuestros traseros.

No deja de sorprender, como reza el título de la Drakulic, que los períodos de escaseces más profundas nunca lograron que los habitantes del mundo socialista perdieran la capacidad de reflexionar jocosamente sobre las carencias cotidianas.