Mis
visitas al salón de Gëzim, mi barbero kosovar, siempre incluyen alguna
conversación sobre nuestro pasado en tiempos de la Guerra Fría, cuando todavía
los países del bloque socialista formaban parte de un supuesto Segundo Mundo.
La denominación resultaba tan discutible como la que todavía designa a los
países subdesarrollados. De cualquier manera, sobre todo hasta principios de los
90, nunca estuvimos muy claros, al menos en la isla, de cómo nos clasificaban
los demás.
En
poco más de dos años de visitas al Salón Arte, Gëzim y yo hemos conversado una
y otra vez sobre pasadas experiencias comunes: él, en la antigua Yugoslavia;
yo, en el Caribe Rojo. Nuestros intercambios, curiosamente, apenas se refieren
a los líderes, sobre todo a los famosos e históricos, hoy apenas mencionados y
de seguro ya parte de la acabada Historia del Siglo XX. Alguna que otra vez
hemos nombrado al tristemente célebre Enver Hoxha, pues para mi barbero, por
pertenecer a la mayoría albanesa de Kosovo, la colección de anécdotas sobre el
presidente de la Albania comunista le son harto conocidas.
No
tengo mucha práctica en conversaciones de barberías, salvo algunas excepciones.
En Cuba, a finales de los 70, en mis sesiones en el inmenso salón frente al
Supermercado Luis en mi Placetas natal, mis rutinas del corte de cabello se
reducían a sentarme en el sillón y esperar porque el barbero de turno acabara
de recortar mi pelo, mientras conversaba con algún otro cliente conocido o con
uno de sus colegas. Luego en Santa Clara, en el difunto Salón Parisién, terminé
de habitual con Lorenzo hasta que este se retiró y la barbería fue clausurada poco
después y añadida a las oficinas de un banco. Lorenzo conversaba según lo
hiciera el cliente, aunque supongo que todos los barberos desconfiaran de mi
timidez adolescente y de mis pocos deseos de chacharear sobre algunos de los
temas recurrentes (baseball y misoginia), si bien debo aclarar que allí también
se hablaba de lo humano y lo divino.
Mi
siguiente barbero, Efrén, tampoco trababa conversación fácilmente y su espectacular
habilidad con las tijeras hacía que mi tiempo en el sillón pasara volando.
Teníamos, eso sí, el parco entendimiento de dos viejos conocidos, aunque a
veces lo dejara rascándose la cabeza en señal de alarma, cuando le pedía algún
pelado innovador o exótico. Después
me adapté a pelarme con una vecina los domingos por la tarde, su único día
disponible tras una semana de trabajo y labores domésticas. Luego encontré a
otra peluquera unisex con la que era difícil mantenerse al margen de sus
tertulias, pues en mi sesión de corte siempre me acompañaba una muy buena amiga
que vivía cerca y aprovechábamos mi turno para repasar historias del barrio, la
ciudad y nuestro siempre sorprendente centro laboral.
En
Londres, en mi primer año, visité a un barbero chipriota de Stockwell. Recuerdo
que las paredes de su salón, adornadas con fotos de George Michael, Stelios Haji-Ioannou,
Peter Andre y otros famosos de su tierra o de la diáspora, contaban el devenir
del negocio familiar en un barrio demasiado variopinto. En nada se parecía al espacioso
salón Capello en Whitchurch Road,
Cardiff, que frecuenté durante mi año de estudios en la capital galesa, en el
que también describí escenas de la isla, sobre todo relacionadas con el buceo o
con las imágenes paradisíacas de algún brochure turístico. Mi barbero temporal,
de quien he olvidado el nombre, planeaba desembarcar en las playas cubanas como
tantos compatriotas suyos.
Antes
de convertirme al estilo simple, pero exacto de mi barbero kosovar, fui cliente
en varias ocasiones de un atareado salón unisex cercano a la estación de
Finchley Road, en el noroeste londinense, casualmente administrado por otro
empresario originario de Kosovo. La relación entre la peluquería y los
habitantes de la ex región autónoma yugoslava merecería una investigación
aparte, pues no muy lejos de allí existe Mimosa, otro salón de belleza
administrado por una albano-kosovar.
De
lo que ella dialogará con sus clientes no tengo la menor idea, mas dudo que los
temas de conversación ronden la vida cotidiana en los antiguos países
socialistas. Y claro, aunque los cubanos nos acostumbramos a imaginar cómo se
vivía allá, en realidad solo teníamos acceso a una representación más o menos
aséptica de la vida cotidiana. A nos ser por medio de algún familiar o vecino
allegado que hubiera estudiado o trabajo en las antiguas URSS, RDA o
Checoslovaquia, las historias del Este llegaban por televisión, en dramatizados
y series policiales o mediante el cinematógrafo. Lo sorprendente, sobre todo
para alguien como yo, que tenía a estas naciones como el modelo de sociedad a
la que algún día llegaría mi país, es comprobar como las similitudes con el
nuestro sobrepasaban la política y la ideología.
Gëzim
y yo hemos conversado además sobre literatura y la lengua albanesa. Le he
escuchado breves charlas sobre el origen del idioma con el que los habitantes
de extensas áreas en los Balcanes se han comunicado durante siglos. También
hemos compartido referencias sobre Ismail Kadaré, el célebre escritor albanés.
Aún no termino la lectura de El Concierto, donde Kadaré explora la relación
entre Hoxha y Mao Zedong y la influencia discutible que ambos países ejercieron
uno sobre el otro en la época en que eran sendos bichos raros en el desafinado
concierto de las naciones de los sesenta y setenta. Sin embargo, gracias a mi
barbero tengo en la lista de libros por leer a El Castillo y El general del
Ejército Muerto. Hasta comenzar El Concierto, inicialmente publicado en 1988,
no sabía mucho del hoy reconocido autor, salvo por el filme Abril Despedaçado, en el que Walter Salles
trasladó las historias de las montañas del norte de Albania al Nordeste
brasileño. Las narraciones de ajustes de cuentas, nociones familiares sobre el
honor y la venganza, todavía pueden suceder, tal como lo reseñó El País hace
unos meses. Sin embargo, Gëzim y yo hemos charlado poco sobre este atrasado
pedazo de la geografía europea tan único y a la vez tan similar a otras
atrasadas zonas de nuestro planeta.
Cada mes y medio, cuando mi cabello empieza a
crecer lateral y desmesuradamente, la obligatoria visita al Art Salon me anima
a pensar en la posibilidad de nuevas anécdotas. Aunque, a decir verdad, puede
que el interés no sea mutuo. Para Gëzim, el capítulo de su vida socialista
tiene un inicio y un final delimitados en el tiempo. Por ende, comparar los aún
eventos cotidianos en una isla caribeña con su vida anterior es solo un
ejercicio de su memoria, porque en su natal Kosovo el comunismo dejó de ser tal
a partir de los años 90, hace ya más de dos décadas.
En nuestro último encuentro comentamos sobre un reciente
programa de la BBC sobre Cuba tras lo que se ha dado en llamar “reformas
económicas”. El reportaje, en el que Simon Reeve vuelve a la isla con el objetivo
de conocer en qué medida ha habido una mejoría, muestra a varios nuevos
emprendedores de La Habana y provincias cercanas. Amén de alegrarnos porque mis
compatriotas hayan ganado algo de respiro, Gëzim y yo, cual conocedores
escépticos, especulamos sobre la duración de tal apertura. “Es que la vida (-En
Cuba- pensé yo) en el socialismo (añadió él) es muy difícil”. Para
ejemplificarlo habló de su experiencia personal de las colas para comprar
leche, harina, de las colas como rasgo fundamental de la existencia en el
comunismo. ¡Y todavía los ingleses se jactan de haberlas inventado ellos!
Yo, que sé muy poco sobre la vida en la antigua
Yugoslavia y que mi única referencia es el alocado retrato de los balcánicos en
Montenegro de Dusan Makavejev, le comenté
sobre el famoso texto de la croata Slavenka Drakulic, How we survived
communism and even laughed. Le hablé de un pasaje específico del libro
referido a la costumbre de la abuela de la autora de acaparar papel sanitario.
Es curioso que a tantos kilómetros de distancia y sin ningún conocimiento de
tal conducta, mi abuela María tenía la misma preocupación. Existía un rincón en
su escaparate donde se acumulaban rollos para alguna emergencia, lo que la mayoría
de las veces significaba un inesperado ingreso en un hospital.
Cuando le comenté a Gëzim que en la isla, a
excepción tal vez de La Habana, durante la mayor parte de los sesenta y ochenta, el papel higiénico
era poco menos que un lujo, su reacción fue la típica de alguien que entendía
muy bien de lo que yo estaba hablando. Me narró entonces cómo, casi de la misma
manera que nosotros, recortaban las páginas de los periódicos para usarlas con
un fin menos instructivo. “Al menos nos reíamos” –añadió para rematar, con el
consabido chiste –también popular en tierras cubanas- sobre la potencial capacidad
intelectual de nuestros traseros.
No deja de sorprender, como reza el título de la
Drakulic, que los períodos de escaseces más profundas nunca lograron que los
habitantes del mundo socialista perdieran la capacidad de reflexionar
jocosamente sobre las carencias cotidianas.
2 comentarios:
Cuando vayas a cagar
limpiate con un papel
no te limpies con la prensa
que el culo aprende a leer!
:D
Mis experiencias en las barberias britanicas son picarescas pero sin el lado intelectual que tienes las tuyas. El barbero mio es de Uganda y le va a Manchester United. El futbol siempre es el tema de conversacion, sobre todo porque yo le voy al Chelsea.
Saludos mi herma
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